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CAPÍTULO VI. La vejez

6 - LA VEJEZ

 

La vida fluye, decía Heráclito. Ese gran viaje de todo ser humano llega a su última etapa: la vejez.

En este fantástico tránsito, de duración finita, podemos haberlo disfrutado en gran parte; o puede haber sido interesante, pero cargado de sinsabores.

Como la realidad cada cual la interpreta de un modo personal, según la hayamos interpretado habrá sido mejor o peor. Eso, descontando una cierta dosis de objetividad cuando, como hemos citado más atrás, las circunstancias pueden ser malas para todos, como era el caso de guerras o grave crisis económica generalizada. Aún así, unos sufrían menos que otros, según su interpretación personal de la situación. 

Cuando se posee una personalidad auto- consciente y conocedora de sí misma, su viaje no habrá sido a la deriva. Habrá guiado su propia nave por los derroteros más correctos, de acuerdo con su personalidad y carácter; en concordancia consigo mismo, sin inhibiciones, sin temores, sin prejuicios, sin obedecer a falsas sugestiones o influencias. Considerándolo todo y de acuerdo con su ser esencial. Esto no quita algún altibajo, algún sufrimiento. Es inevitable. Pero en lo profundo de su ser está la convicción de haber realizado lo correcto; de haber estado de acuerdo con su persona, de no haberse doblegado al mundo exterior. Y si en algo lo hizo, fue con un íntimo convencimiento.

Así, llega a la última estación, con la serenidad de espíritu que siempre le caracterizó. Con la alegría interna de quien se es. Con la consciencia espiritual de sí, con el espíritu inalterado por el decurso de la existencia; con sus mismas ilusiones, inquietudes de superación o conocimiento; aceptando las limitaciones físicas, pero sin aminorar muchas expectativas; mejorándose en lo posible en el plano físico y en el espiritual; acometiendo proyectos personales o colectivos; dándose felicidad y proporcionándola a los demás, como reflejo de la propia.

Así, se ve el camino andado. Se recuerdan momentos gozosos. Se perdonan fallos, y se comprenden momentos de dolor. Se ve la trascendencia del ser...

Se emprende un nuevo camino, adornado con la posesión de mayor tiempo disponible. Es una nueva oportunidad para la comunicación profunda e interna. Una ocasión para el auto gozo en la esencia. Para la acción y para la contemplación externa e interna. Para la meditación y para la creación. Para esto último su cerebro viene cargado de ideas, de experiencia, de conocimientos acumulados. Y, en la posibilidad de cada cual, llevar a efecto planes de acción, que aglutinen en sí a los potenciales espirituales y físicos de su persona. Y así, desarrollar una actividad que perpetúa un estado de satisfacción personal de quien se sabe ser y poseer, de quien conoce sus alcances y pone en acción sus potenciales en algo, que al fin y al cabo le hará feliz. Feliz, por su expresión exterior de una personalidad sintonizada con su ser. Feliz por actuar en consonancia de sí y por la mayor expresión de la madurez, cual es el amor a los demás, partiendo de un respeto por sí mismo.

 

EL OTRO ASPECTO DE LA VEJEZ

No es más que el normal, el que vemos en el acontecer cotidiano.

En él encontramos a seres con cierto conocimiento de sí, que en sus actividades y su conducta se adivina un cierto estado de felicidad; un aprovechamiento de su vida; una cierta plenitud y gozo. También encontramos otros muchos que consumen sus días paseando al sol – lo cual no es criticable – o mirando vacíos programas en el televisor, sin otra actividad creativa. Porque ya no se trata de hacer algún trabajo, y ocupar así el tiempo libre; no el hacer por hacer, aunque sirva para algo. Es el hacer algo que emana de lo más íntimo de la persona. Es el ejecutar lo que nos ilusiona, como expresión de esa voz interior y personal. Indudablemente que siempre se intenta ser útil en algo en los quehaceres domésticos; pero siempre habrá otra cosa que nuestra esencia nos reclama y que antes no pudimos hacer, pero que ahora es posible. Y por supuesto, no hay época en la vida de un ser humano que no sea adecuada para nutrir nuestro intelecto, para mejorar nuestro entendimiento y cultura. Sin atender a estúpidas ideas existencialistas que esconden un gran pesimismo hacia el ser humano. Porque el ser siempre está dispuesto a aprender, a conocer. Y esto, aparte de ser agradable, repercute en la salud, tanto mental como física. No por cuestionar, por condicionamientos de la edad, cualquier actividad, y obligar a adoptar al sujeto a una actitud de fatalista espera o de contemplación, que de por sí lleva a  la aparición de la tristeza, de la depresión.

El poseer el sentido de trascendencia del ser hace que esta etapa sea, aún más que en las otras etapas de su vida, un momento en el que palpamos la esencia espiritual del hombre o mujer.  No como el ente que es y que desaparece en la noche de los tiempos resignado a su triste final, como planteaban los pensadores racionalistas, sino como alguien que después de su muerte se fundirá en los espacios etéreos,  a otro lugar.

Esto es más gratificante que la  concepción freudiana de la ascética resignación hacia la muerte, deducida desde aspectos puramente racionalistas.

A esto podríamos objetar que la razón no puede ir más allá de sus conocimientos. Y añadir que el Universo y la Vida son algo inconmensurable, complejo e inabarcable para la mente humana, por más que los logros científicos y tecnológicos – que no humanísticos – le asombren y le hagan crecer en su soberbia. Una soberbia absurda ante la inevitable derrota del ser ante la Parca.

En la vejez se puede comprender lo que es la vida para un ser humano. Se aprecia en la perspectiva de quien la ha recorrido casi completamente, se percibe su cortedad, la evolución, los logros, los fracasos, las alegrías, las penas; todo lo que acompaña en  este viaje o peregrinar, como denominan algunos, por este mundo. Es momento de reflexión, que no ha de ser exclusivo de este estado.

Reflexionando, nos apercibimos de lo que podríamos haber hecho o sido si hubiéramos pensado o sido de otra manera. Entonces es cuando nos percatamos de lo que hubiera supuesto para nosotros mismos el poseer ciertas cualidades o de haber eliminado ciertos defectos que nos han impedido ciertos logros. O de haber podido evitar ciertas disputas familiares o con otras personas que dieron lugar a consecuencias que hoy día lamentamos.

Puede evitarse la reflexión y seguir la vida diaria más o menos ocupada. Lo que sí es inexcusable es, que desde la perspectiva de la vejez se aprecia mejor el desarrollo de los acontecimientos de la vida personal. Y que ésta, hubiera sido más intensa y gratificante si nuestra cultura de sí, es decir si nuestro conocimiento como personas que somos, y por consecuencia de nosotros mismos, hubiera dado como fruto una corrección en los defectos y una incorporación de cualidades y conocimientos que dieran como consecuencia una mayor satisfacción personal y logro en la consecución de unos objetivos de felicidad y plenitud, que hubieran añadido un mayor significado y valor a la vida.

Se ha citado la intensidad de la vida. Hemos de hacer un paréntesis para diferenciar este adjetivo; porque es corriente identificar vida intensa con una vida colmada de placeres y grandes celebraciones y orgías, viajes interesantes y actividad constante.

La intensidad de la vida, desde el punto de mira psicológico, sería  vivirla con una gran serenidad de espíritu, desde donde emanan ideas de creación, reflexión positiva, comunicación, comprensión personal y ajena, optimismo, ausencia de miedos irracionales y complejos molestos que alteran el comportamiento, satisfacción personal sin narcisismos ni egolatría. Contemplándose objetivamente como un ser positivo, perfectible, – lo cual le supone algún fallo o defecto – válido como cualquier ser humano bien intencionado.

La intensidad de la vida desde este supuesto hace que sea vivida plenamente, y que las decisiones y pensamientos partan desde un origen orientados hacia la consecución de objetivos sanos y constructivos, que crearán goce y satisfacción a quien los creó. Así se vive con intensidad; sin molestias interiores que entorpecen la vida del individuo y le hacen perder un tiempo precioso por disquisiciones internas estériles y originadas por desarreglos de la personalidad de cuyas causas ya hemos hablado anteriormente, y que se remontan a los primeros tiempos de la vida, o quizás a cualquier época; pero que tienen una causa común: la ignorancia del ser humano respecto de sí mismo. Y además, por sufrir de las consecuencias de decisiones tomadas erróneamente en el pasado, al tener nuestro pensamiento condicionado por prejuicios y temores alimentados por nosotros mismos o por la sociedad.

 

VEJEZ, SALUD Y CREATIVIDAD

En tiempos antiguos, cuando se vivía en tribus, los ancianos, lejos de ser lo que son hoy para muchos, un estorbo, – por fortuna también  hay quien los estima por ser ancianos – eran, como un comité de sabios a quien se le consultaba problemas de la comunidad o cuestiones trascendentes.

La vida artificial de las ciudades, como reflejo de la sociedad en general, no es  ni más ni menos,  que la demostración de lo mucho que se ha avanzado en la técnica y en la ciencia y en lo poco y escaso que se ha desarrollado el pensamiento humanista, como realce del valor del ser humano en sí; que supondría poner a aquellas en un segundo plano, y siempre al servicio del primero. Y es que, aunque parezca que no es así, la persona, el ser humano, ha pasado a ser el segundo o el tercero en importancia, al situarlo comparativamente con  la ciencia o la ingeniería. Y esto hay que reconocerlo.

Retomando la cuestión de la ancianidad, el viejo, el anciano, es en nuestros tiempos, alguien, que si no vive en soledad o tiene la fortuna de pertenecer a  una familia comprensiva y compasiva, puede ser alguien cargado de tristeza o depresión, alguien que no espera nada de este mundo, y que solo puede aspirar al descanso eterno con la muerte.

Pero esta imagen, tan frecuente, es como el colofón de una vida desconectada de sí, como un sueño –tal como lo describía Ouspensky – en el que el único despertar es cuando conectamos con nosotros mismos; a una vida ausente de la sapiencia interior. Descuidada de su espiritualidad y, probablemente, de su físico, deviene una vejez cargada de prejuicios, en la que la persona adquiere hábitos de conducta inculcados por la sociedad, incluyendo en dichos hábitos una cierta depresión o tristeza, una infravaloración propia, una dejadez en el hacer y en el crear, y un vegetar a la espera del inevitable final. Si además, como es probable, se le añade un estado físico depauperado, es la excusa perfecta que justifica todo el comportamiento citado.

Una vida intensa, tal como la hemos esbozado anteriormente, desemboca en una “vejez”

cronológica, con actitudes y estado físico más íntegros que los de sus coetáneos. En esta situación es fácil seguir con aficiones, trabajos y costumbres que ya se venían haciendo; o que ahora, por la disponibilidad de tiempo, se empiezan o se intensifican.

Se ha entrecomillado la palabra vejez. Una vez más se hace inflexión en el carácter relativo de la edad. Es indudable que ésta refleja una situación temporal de la persona, y que probablemente por ella podamos predecir una serie de situaciones en el aspecto físico – que no en el anímico -. Pero esto sería improbable en una sociedad avanzada, donde el humanismo fuera preeminente respecto a las disciplinas racionales citadas con anterioridad. En este contexto, un ser humano, de edad cronológica avanzada, bien podría tener la apariencia de una persona de mediana edad de hoy día, con sus facultades físicas y espirituales en óptimo funcionamiento, y con una gran disposición anímica para la creatividad y la acción, enmarcadas con unas actitudes positivas y llenas de entusiasmo.

¿No sería ésta una situación deseable para toda agrupación humana? ¿Acaso es mejor la situación actual del siempre denostado y nunca mejorado “sistema”?

En los primeros años del nuevo milenio vemos aparecer en el horizonte inquietantes nubarrones, que no presagian un buen futuro para cualquier sociedad: Un mundo globalizado donde prima el beneficio, la rentabilidad del capital, puestos como suprema aspiración de cualquier empresa humana. Como comprobamos una vez más, el individuo, el ser humano, pasa a segundo o tercer plano de importancia. Primero se prima al capital, después a la ciencia y a la técnica. El ser humano en sí no es más que un componente en la producción y en el desarrollo. Se exprimen a grupos humanos cuyo entorno social permite su explotación, mientras que en otros donde se respeta más su condición, se les priva del trabajo necesario en pos de un mayor rendimiento del capital, que es el principal objetivo.

En esta situación, el humanismo no puede avanzar. Sin embargo, debieran formarse unas corrientes de opinión en pos de la superación del hombre, relegando a donde deben estar, al capital, a la ciencia y a la técnica. Para ello hace falta la concurrencia de pensamiento y colaboración en el ámbito social, en pos de una mejor y más civilizada sociedad. 

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