CAPÍTULO VIII. La familia, la soledad.
8 - LA FAMILIA, LA SOLEDAD
LA VIDA EN FAMILIA
La familia, desde muy antiguo, ha sido considerada como núcleo básico de la sociedad. El deseo de perpetuarse, la satisfacción de criar hijos y las necesidades de afecto y sexuales del ser le ha impulsado a buscar pareja – de distinto sexo, como normalidad – y establecer con ello una familia. Es algo muy natural y sano. No se puede tener hijos y abandonarlos. No se puede tener esposa y engañarla con otras mujeres. Sí se puede; pero no se debe. Y no ya por imperativos morales, sino por el más elemental sentido común; partiendo de la hipótesis de que la familia se fundó por un fuerte sentimiento de afecto: Una mujer – o un marido – engañada, sentirá una profunda frustración. Y no es para menos, puesto que se ha entregado en cuerpo y alma a la otra persona, en pos de un proyecto de vivencia en común y para la creación de una prole que debiera llenar de satisfacción a la pareja; y para ello ha abandonado, tal vez, padres, aficiones, y aún profesión en algunos casos. Es un dolor muy fuerte y profundo ver que se han traicionado unos sentimientos, evaporado unas ilusiones, - tal vez unas fantasías - por unas expectativas excesivas hacia el otro.
Desde la perspectiva de una persona sin cultura de sí, el hecho de formar una familia puede ser algo contraído inconscientemente, por costumbre social, o algo decidido de una manera consciente, y por imperativos sentimentales. En este último caso, ambas condiciones van concurrentes al unísono.
En los momentos presentes, donde predomina la cultura del egoísmo y la autosatisfacción, amén de la indolencia hacia el cultivo del espíritu, el hecho de contraer nupcias presupone un peligro de disolución. A tenor de la cultura del momento, si algo resulta molesto en la relación matrimonial, se produce un rápido corte de la misma, tenga las consecuencias que tenga. No se tolera un tono más elevado que otro, y, por supuesto, no se tolera una infidelidad, que parece ser el leitmotiv de la vida en la sociedad de consumo en nuestros días. Y además, la violencia de género.....
Es tal la incultura de sí, que dadas las condiciones actuales de la sociedad no se puede garantizar la estabilidad de un matrimonio. Se podrá contradecir, exponiendo que eso nunca se ha podido garantizar. Y es cierto. Pero antaño la mujer era más resignada, y por costumbre social, debía un respeto al marido. Pero también el marido era más consciente que en nuestros días, de la grave responsabilidad de llevar adelante una familia. Y para ello aportaba su esfuerzo y sus mejores sentimientos; lo cual no es precisamente lo que hoy día prevalece. No existen estudios que corroboren este hecho, pero el sentido de la familia antaño era más venerado que en la actualidad. A pesar de la sumisión de la mujer.
Conseguida la igualdad de la mujer en derechos con el hombre, la responsabilidad en la continuidad de una familia es de ambos. Así pues, ¿cómo es que se diluyen tantos matrimonios? Y otra pregunta más: ¿Por qué hay menos matrimonios y las uniones se hacen, predominantemente, por amancebamiento?
La respuesta que primero viene a la mente es, que es lo que la sociedad impone, porque “es lo que hace mucha gente”. Pero reflexionando más, se encuentran otras poderosas razones: Tal vez, una facilidad en tomar unas decisiones – mayores cotas de libertad -; un recuerdo en el inconsciente de la antigua propaganda hippie: haz el amor y no la guerra; tergiversando el término al hacer el trueque de la palabra amor por la de sexo. Más razones son, el deseo de ser menos hipócritas, al hacer bodas sin amor, o aparentando una virginidad que ya no se posee. O de evitar hacer un gasto excesivo e innecesario en el banquete. O ante el fundado temor de un divorcio previsible y confrontado por las cifras que se manejan, y que la prensa o la televisión anuncian. O ante una indolencia generalizada hacia la espiritualidad y el cultivo del espíritu y las facultades superiores que hace que se deprecien los sentimientos más nobles del ser.
Hay muchas razones; pero se podrían resumir en pocas: Una falta de cultura del ser, donde éste obraría por sí mismo, sin ningún condicionante social que lo impulse a obrar de otro modo; y a una tremenda frustración hacia esta sociedad capitalista y de consumo, donde la decadente filosofía de la misma es la de primar al capital antes que a la persona, cuando, al menos, podrían ir a la par. Así, escasean los trabajos interesantes y bien remunerados, y la gente opta por sobrevivir con el acompañamiento de la frustración que el mundo le ofrece. Con este desengaño y sin la protección interior de quien se es amigo de sí, sobrevienen los sentimientos de apatía que degeneran en conductas indolentes y de desánimo hacia lo elevado, hacia lo interior y hacia lo comprometido. De esta manera se enriquece al sistema y se van generando, en espiral, refuerzos a estas conductas. No es de extrañar pues, que menudeen situaciones preocupantes de actos vandálicos, o que el índice de neuróticos o depresivos vaya en aumento, y tal vez, el aumento del consumo de drogas, como método de huída del mundo actual. Con referencia a la neurosis se puede decir, con el beneplácito de psicólogos y psiquiatras, que, en la sociedad actual, todos, prácticamente todos, padecemos en algún grado de neurosis; no de tipo grave, por supuesto, pero no estamos libres de alguna manifestación de conducta o de algún padecimiento que nos indica que no estamos en la zona de equilibrio ideal de las personas absolutamente sanas.
Ha sido necesaria esta disquisición acerca de la influencia social en el ser humano, para buscar explicación a la situación del ser respecto al matrimonio y para justificar lo que de defensa y de refuerzo creativo tiene el poseer una fuerte cultura de sí. Es un contrasentido. ¿Cómo van a poseer las personas una aceptable cultura de sí en un mundo como éste, tan frustrante? ¡Si es la serpiente que se muerde la cola! Seguramente porque no todo es tan absoluto en este mundo. Aunque haya una tendencia generalizada hacia una determinada forma de hacer o de pensar, no todo es así. Y en el género humano siempre hay una capacidad inmensa de regeneración; y el mismo, llegado un punto, puede engendrar un movimiento en sentido opuesto que le lleve hacia metas de equilibrio y felicidad. Reconociendo la situación problemática es como comienza la solución y la regeneración de la misma.
El ser con el conocimiento – cultura - de sí se sitúa en esa posición ideal de quien es consciente de su propia psique, de su alma, de su esencia. Y como sabemos, de esta guisa no es juguete de circunstancias, modas o condicionamientos del momento. Es como un junco, crecido en los marjales o en las riberas de algún riachuelo, que se tuerce, flexible, con las corrientes del agua o del viento, pero que nunca se quiebra.
Si desea contraer matrimonio lo hace con la aceptación de sus sentimientos, en primer término, hacia la persona que se los ha hecho brotar. En segundo lugar, y antes de hacer acto de entrega total, su razón le indica de la conveniencia o no de hacerlo. No por motivos puramente materialistas o interesados, sino por razones de peso, en las que entran las de idoneidad de caracteres, de formación cultural y religiosa, de aceptación de limitaciones del posible cónyuge y otras de esta índole. Estas razones aducidas son convenientes aunque no imprescindibles. Simplemente, garantizan una estabilidad futura de la pareja. Pero si el sentimiento es muy fuerte se pueden obviar; supliendo las carencias con la mejor voluntad y disposición de quien es consciente de su capacidad interior.
Es indudable que para cualquier actividad en nuestras vidas, si las acompañamos con una formación previa, hay muchas probabilidades de que lo que realicemos salga de acuerdo a los propósitos que nos fijamos en un principio; por ello, un seminario, donde se tratara de esta nueva relación, y se enseñara medidas profilácticas para que ésta sea exitosa, añadiría ratios más elevados de confianza en el éxito de la misma.
En algunas iglesias, a los fieles que desean contraer matrimonio se les da un cursillo previo – “cursillo prematrimonial “-, donde se les inculca el significado elevado que para su religión posee este vínculo. También se les anima a sobrellevar los malos momentos y a superarlos con paciencia y cariño.
Esto es una buena aproximación a esa formación previa, de tipo psicológico, de la que comentamos. Esta, nos acerca un poco a la esencia del ser, al incitar a buscar el auto - conocimiento y el del cónyuge, y por la razón y la motivación de afecto que les une, tratar de comprender y solucionar los problemas de convivencia y relación.
En la actualidad, y temiendo un fracaso futuro – lo cual demuestra inseguridad en sí mismo y en el otro u otra – se acomete como fase previa - o período de prueba - al matrimonio, o como estadio definitivo, el amancebamiento. Se pretende que ambos posibles cónyuges se conozcan bien con el fin de saber si pueden convivir en el futuro y para siempre. Conviven y participan de los placeres sexuales. Cada cual conoce nuevos aspectos del comportamiento del otro en las nuevas situaciones que se plantean en la convivencia en común. Y con ello pretenden “conocerse” mejor.
En principio parece acertado; pero parten con una cortapisa: “Si no nos entendemos lo dejamos”. Así, se observa el uno al otro, tratando de entrever un comportamiento inadecuado o un aspecto del carácter que permanecía oculto para desenmascararlo y juzgar si se puede tolerar. Desconocen el período de latencia; es decir, el tiempo en el que cada cual tardará en manifestarse tal cual es y descubrirá su lado oscuro. Así que es un período sine die. Si son muy escrupulosos, el período no será demasiado largo, pues pronto saldrá la queja por algún fallo en el otro u otra. Si son de voluntad blanda, pueden continuar indefinidamente y menospreciar cualquier acuerdo formal que se concrete en un contrato civil o religioso. Todo es posible. También les puede salir bien la prueba y seguir con el enlace formal al estilo clásico.
Lo realmente hermoso y que hace vibrar lo más sensible del sentimiento humano, de su ser esencial, es la entrega amorosa, generosa y abnegada del uno hacia el otro. No como una entrega ciega que no ve las imperfecciones del otro ser ni las propias, que pueden generar roces o discusiones, sino con la entrega a sabiendas de que la perfección es inexistente y que es inexorable el que en algún momento haya alguna discusión o disputa. Es algo perfectamente humano.
Por ello será siempre ensalzada y apreciada una unión al viejo estilo, donde la entrega del uno hacia el otro se hace con auténtico sentimiento. Pero claro está, la cultura colectiva influye sobre el que no está avisado; y a pesar de las hermosas frases pronunciadas en al acto del enlace, bien civil o religioso, la realidad del ambiente cultural que se respira por doquier impulsa o condiciona de manera influyente a los contrayentes a comportarse según, de una forma sutil pero palpable, unas normas tácitas, no escritas, pero sí aceptadas por una mayoría. Es como si estuviese escrito un guión por un ente monstruoso al que todos alimentamos para que exista y se perpetúe y al que todos obedecemos. Obedeciendo inconscientemente estas normas, nos comportamos según los patrones al uso, de tal forma que al escasear la abnegación, el amor auténtico y la cultura de sí, la frágil chalupa que es este matrimonio, en cualquier momento puede hacer agua por todas partes.
Pero ¿no manifestaron ante todos su amor mutuo? Sí. Pero, como un comportamiento al uso; se pueden decir muchas cosas sin sentirlas auténticamente. Como además, la abnegación, la entrega y la paciencia, no son virtudes estimadas por nuestra sociedad, ante la más mínima dificultad la unión hace aguas como la chalupa mencionada.
Es indudable que con la cultura de sí, las garantías de éxito en una relación matrimonial serán mucho mayores que si vamos desconectados de nuestra esencia, y, como reflejo, con la esencia de nuestro cónyuge. Ya se comentó que para conocernos a nosotros mismos observemos a los demás; y, para conocer a los demás observémonos a nosotros mismos. Esto, en principio, sería una aproximación al ser esencial, siempre buena y saludable; aunque esto no lo es todo, pues ha de haber un mayor trabajo de estudio, reflexión y observación, que como dijimos, si comenzara en la infancia sería mucho más sencillo. Empezando en cualquier etapa de la vida de adulto, el trabajo es mayor; pero no agotador. Las motivaciones principales son la inmensa felicidad que da el conocerse como a un amigo al que hemos tratado un poco superficialmente y al que deseamos conocer con profundidad. Esto proporciona grandes satisfacciones; especialmente por cuanto significa en el desarrollo posterior de nuestra vida privada y de relación con los demás.
LA SOLEDAD
Tres son las opciones del ser para llevar su vida: En matrimonio, en amancebamiento y en soledad. Las tres, desde el punto de vista humano, son válidas y respetables.
Cuando alguien –varón - escoge la opción de la soledad, para sus prójimos entra en juicio su clasificación en dos opciones: O es misántropo o es misógino. Si es esta última la escogida, cabe pensar en su homosexualidad.
Y es que es muy dado en nuestra sociedad etiquetar a todo el mundo. Se juzga a cualquier persona y se le pone esa etiqueta de que hablamos por la cual queda sentenciada hasta nueva orden. De tal guisa, que nuestro trato – o indiferencia – hacia ella vendrá determinado por el juicio de valor que le hayamos hecho.
Si respetable es cualquiera de las opciones indicadas, la soledad debe serlo, pero siempre que no vaya motivada por aquellos apelativos que expresan una antipatía hacia la sociedad en general o hacia las mujeres en particular.
Puede haber habido grandes frustraciones y desengaños en su vida, que le hayan inducido a actuar así; pero ésta no debiera ser la reacción más saludable. Quizás es la más imperiosa; la primera que se le presenta al espíritu. Pero, como en muchos casos, la primera impresión suele ser la equivocada. Porque procede de un impulso irracional; tiene su origen en los instintos: de huída o de lucha; pero no profundiza en la esencia del ser y en el significado de las cosas, de los acontecimientos, de la vida. Y conlleva sentimientos de frustración y de rencor, que son una pesada carga para quien los soporta. Para profundizar y encontrar los auténticos significados hace falta usar de la razón, con conocimiento de causa, con cultura del ser.
Desprovista de insanas convicciones, la opción de la soledad viene determinada por diversas inclinaciones; aunque también por una cierta indiferencia hacia la vida en común. Puede haber razones místicas que le llevan a escogerla: la vida de contemplación, de oración, de meditación. Son razones elevadas del espíritu y totalmente respetables; y quizás con un trasfondo de sabiduría superior. No todos estamos preparados para esas metas tan refinadas del espíritu; por ello son admirables. Y podría asegurarse que ese estilo de vida va acompañado de buenos sentimientos; no solo avalado en la vida real por casos de eremitas y santos que vivieron en la soledad, siendo solidarios con los necesitados que acudían a ellos, sino también porque el misticismo parte de una nobleza en el ser y de una aproximación a la divinidad que de por sí es garante de la posesión de un ánimo dispuesto a la generosidad para agradar al ser superior adorado.
Otra opción es la soledad por cierta indiferencia hacia lo social, pero carente de animadversión. La escogen, sintiéndose bien de esta forma. No hay malos sentimientos; están mejor solos; se sienten más libres e independientes; gastan poco; les va bien así. Pueden ser solidarios en ocasiones, o siempre, y no están soportando el lastre de la ira o el rencor. Y sobre todo, no merecen ser mal adjetivados. Es su vida, es su opción.
Estas opciones, libres de cargas negativas emocionales, nos hacen intuir de la posesión de estos seres de una cultura de sí mayor que la media. O no. Pero sí es probable. Están cómodos con su situación. La necesitan, y son felices en ella, y poseen de esa paz interior que sugiere sabiduría. Necesitan bien poco del mundo: solo lo justo; acompañados de sus pensamientos y sentimientos; felices en sí.
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