CAPÍTULO X. La paz interior
10 - LA PAZ INTERIOR.
Es seguro que la inmensa mayoría de las gentes poseen, de una forma consciente o inconsciente, el deseo, el anhelo, de alcanzar una paz interior en su espíritu. Lo que ocurre en muchos casos es, que se condiciona la consecución de esa noble aspiración del ser humano en alcanzarla a conseguir el logro de un bien material o de un mejor estatus económico o social. Con estas premisas se entra en un círculo vicioso, donde lo material, principalmente, condiciona nuestra felicidad. Y es que, dada la, digamos filosofía, de la sociedad capitalista en que vivimos, la felicidad reside en la posesión de bienes materiales, como ya comentamos. Por otra parte, conseguido ese bien o ese estatus deseado, perseguimos un beneficio nuevo, pues el determinismo del capitalismo nos ha coartado para estar en continua insatisfacción. Es la ambición permanente, la búsqueda insaciable del beneficio y la rentabilidad.
La paz interior, la paz del espíritu, es algo portentoso, maravilloso, deseable. Es la base de la buena reflexión, la base de la creatividad, de las buenas ideas, de la intuición. Es la óptima situación para apreciar la belleza que se pueda encontrar a nuestro alrededor, en las cosas sencillas y corrientes, en las personas, en sus palabras, en nuestro entorno en fin. Es el mejor estatus del ser. Alguien que opera sin sobresaltos, con la libertad de un pensamiento no condicionado por miedos, angustias, prisas o amenazas. Sólo haciendo uso de su libertad interior; por una sana ambición, no desmedida, de hacer bien, por sí mismo, para sí mismo y para los demás.
En esa paz entramos en contacto con nuestro ser esencial, con el auténtico yo. Nos percatamos de su existencia. El yo observando al otro yo. Es como un desdoblamiento; pero no es tal. Es la facultad del ser humano de observarse a sí mismo. Y lo puede hacer con objetividad, sin apasionamientos, con esa predisposición de ánimo que da la paz interior.
Es la primera meta a conseguir por todo ser que se precie. Es impedir que el ambiente, contaminado de alguna manera de condicionamientos insanos, nos incite a obrar según sus imperiosos deseos o que nos origine desasosiegos y angustias. Es conseguir la libertad del espíritu para obrar según su propio criterio, desde una perspectiva no reñida con el altruismo. Individual y social al mismo tiempo; puesto que el ser que logra ese estado de gracia mostrará su mayor generosidad, al no estar sometido a las ambiciones excesivas de la ganancia sin límites.
También, las desgracias, partiendo de esa quietud del alma, se sobrellevan mucho mejor, y se extrae la enseñanza, que en todo evento inesperado y no deseado se puede obtener.
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