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CAPÍTULO IX.El sentido de la vida.

9 - EL SENTIDO DE LA VIDA

 

¿Por qué filosofar cuando hablamos de la cultura de sí o del autoconocimiento del individuo, del ser? ¿Qué tiene esto que ver con  buscarle un sentido a la vida o no? ¡Se supone que todos le dan a la vida un sentido propio y personal!

¡Sí! Pero ¿qué es la vida desde la cultura de sí? ¿Igual que para todo el mundo? ¿Tal vez una apreciación superficial siguiendo la moda al uso, y con las palabras de moda y uso?

El acercarse a la propia esencia, el conectarse, observarse, conocerse con profundidad, no es un esfuerzo baldío. Por el contrario, nos transforma, nos da mayor sentido y conocimiento, nos reivindica ante nosotros mismos. Porque antes no éramos completamente nosotros mismos: éramos alguien, con cierta personalidad propia y cierta personalidad prestada. Y esta última prevalece, y se manifiesta, en muchos aconteceres de la vida social de la persona. A los vectores, directrices de la propia personalidad, se suman – o se restan – los vectores del inconsciente colectivo que nos inducen a obrar de determinada forma o manera.

Desde la cultura de sí la vida se contempla de otra manera. No es sólo aquel sueño del que habla Ouspensky, del cual despertábamos alguna vez. Comienza con la consciencia de nuestro ser y el apercibimiento del ser del prójimo como reflejo. Si antes, ver el sentido de la vida era algo innecesario y hasta estúpido, con el autoconocimiento la vida se aprecia – se intenta apreciar - todo lo que se puede y se sabe. No es tarea fácil. Es tan grandioso el misterio de la vida que puede ser tarea difícil  comprenderla, compendiarla, apreciarla en su vastedad. Al igual que al ser humano: trataremos de conocerlo, mas nunca lo lograremos completamente. Mas, ese empeño en conseguir aproximarnos a él nos convierte en otros seres; más completos, más comprensivos, potencialmente mejores.

Como decía Jostein Gaarder, el autor de “El mundo de Sofía”, mucha gente se queda en la base, sin querer subir a las alturas a ver la verdad. O con otro ejemplo marino: muchos nadan por la superficie del agua sin querer ver lo que hay debajo del mar, sin desear sumergirse y conocer más.

Desde mi consciencia interior veo la vida. Como diría un ente religioso: un peregrinar por el mundo con un final cierto. Y aquí entra en juego la subjetividad: el tiempo es dilatado para el muy joven, y corto para el mayor. Para éste,” la vida pasó volando a gran velocidad desde que dejé mi juventud”.

Un camino recorrido por cada ser, con unas incidencias poco, o muy variadas, según el atrevimiento y la imaginación puestas en juego. También en función de los recursos y apoyos encontrados.

Al final del cual unos tendrán buen sabor de boca, otros malo, y otros no encontrarán a lo hecho ningún sabor.

La vida vista con superficialidad es, preparación, lucha y abandono. Pero es mucho más; aunque limitado en el tiempo. Sí. El tiempo de un adulto: el que vuela.

La vida tiene un sentido mayor. Mayúsculo. Superior.

No tiene sentido la vida que se percibe sólo con el usual objetivo humano: nacer a la vida, aprender, sufrir y gozar, envejecer, morir.

¿Para qué? Tanto esfuerzo, tanto sufrimiento... ¿Para qué? Y también... ¿para qué la cultura de sí? El final es el mismo, hágase lo que se haga.

En el sentido está el secreto.

No nacemos sólo para desarrollar y cumplir unos objetivos escritos en nuestra mente, un programa que hay que ejecutar, un ciclo de renovación vital, un objetivo de preservación de la especie. Nacemos para algo más. Algo que pertenece al mundo de la esencia, de lo íntimo, de lo extremadamente valioso y trascendente. Es como una experiencia espiritual y exquisita, elevada, infinita. No podemos verla con los ojos del pragmático, de la utilidad en sí. Hay algo más, mucho más; pero para palparlo, sentirlo, entenderlo, hay que utilizar nuestras facultades superiores: el pensamiento, el sentimiento, la intuición.

El pensamiento pragmático nos convierte, no en seres pensantes e intuitivos en sí, sino en seres volcados hacia el objetivo en sí. Seres que piensan y se conducen en pos de una vida práctica: de sobrevivir, de establecer una descendencia y perpetuarse o no, dadas las circunstancias actuales; de gozar del placer de los sentidos; de golpear cuando nos golpean; de resistir cuando nos atacan; de atacar de forma preventiva; de ser ambiciosos en la posesión de bienes materiales; de acumular riqueza si se puede; de gozar sin medir nuestros actos ni sus consecuencias; de exprimir la vida; de huir hacia adelante.

La vida con esta, digamos filosofía, se nos presenta como una experiencia angustiosa, de la cual huimos buscando placeres de cualquier especie, para ahogarla. Una inquietud de la que no podemos escapar, que la sentimos alguna vez; pero que no podemos permitir que nos invada, que nos anegue; la cual justifica nuestro comportamiento.

Observando al común de las gentes, suelen, en su mayoría, actuar orientados al objetivo; siguiendo la filosofía capitalista del actuar de manera productiva. Esto último es menos acusado en los países del arco mediterráneo o centro y suramericanos; aunque influenciados por la cultura occidental;  al fin y al cabo, orientados al objetivo o al objeto.

Se labora, se actúa hacia el exterior. Y es normal: lo hace la mayoría de la gente. Por ello se discurre por la vida con mutuas influencias de unos sobre otros; y con todos ellos, la cultura común, el inconsciente colectivo, la colectivización de las conciencias. Aparentemente vivimos lejos de las conocidas colectivizaciones de los países marxistas totalitarios del pasado; pero en cambio, en nuestra sociedad capitalista existe una colectivización del pensamiento; conseguida por interacción entre los poderosos medios de comunicación y las conciencias, relajadas cuando se recibe el mensaje. No es propiamente una ideología; el capitalismo carece de ideología en sí. Todo gira en torno al beneficio y la rentabilidad. Por eso no nos parece chocante que Daniel Goleman, el creador del vocablo “inteligencia emocional”, explicara en su obra de lo conveniente de adquirir este nuevo concepto – que de forma inconsciente era conocido por muchos – para “mejorar nuestra productividad en el trabajo y los negocios”. Se antepone el concepto de beneficio al de la adquisición de un conocimiento, que casi raya en virtud, cual es el conocer y comprender los sentimientos y emociones propios y ajenos. No para conseguir un beneficio productivo y material sino para entendernos mejor las gentes, empezando por comprendernos mejor a nosotros mismos.

En la sociedad capitalista el fin es el bienestar material. Pero un bienestar que nunca nos deja satisfechos. Cuando se posee algo se desea poseer más. Una ambición sin límites, cuya explicación puede estar en el gran vacío interior de las personas en cuanto a ideales. La felicidad en esta sociedad del consumismo es el logro del objeto material o del placer deseado. Lo cual no es malo en sí; pero sí lo es cuando se convierte en el único objetivo de nuestra vida; cuando buscando el logro de este objeto o placer se menosprecia lo interior, y, como consecuencia, menguan los ideales, el autoconocimiento, la sensibilidad artística, la empatía, el altruismo, lo elevado, lo trascendente. Mengua la cultura, que se convierte en un medio; mengua la cultura de sí.

Se habla mucho de la felicidad; pero no se consigue. Aparecen gurús y santones, que ofrecen  falsa elevación espiritual y rápida felicidad; y luego el desencanto al comprobar la estafa. En el fondo, la gente está hambrienta de felicidad auténtica – que el capitalismo no ofrece – y por ello, son atraídos por estas gentes sin escrúpulos. Lo tradicional y auténtico no interesa, parece obsoleto. El capitalismo, con su enclenque filosofía de usar y tirar, nos educa para el cambio permanente. Un cambio sin fin que sólo vincula a lo superficial: cambio de objetos por otros más sofisticados; cambio de costumbres; cuestionar lo anterior, recibir con agrado lo nuevo sin deliberarlo demasiado, ya que se impone por la sugestión de la propaganda. Indolencia precisa para recibir mensajes sin analizarlos.

Es como una rueda que gira sin fin; como un viaje a ninguna parte. Un sin sentido, un hacer para consumir. Atrás queda la contemplación, la meditación, el goce espiritual, el intercambio de palabras, de sentimientos, de ideas, el goce del juego o deporte en sí, sin competición, el amor a la naturaleza, la lectura, le escritura, las artes, la atracción hacia lo elevado, la superación personal.

Pero pese a todo, todo lo mencionado existe. Pero escaso, pequeño, escondido. Como aquella espléndida flor, que no crece y se multiplica porque no recibe suficiente sol y agua. Está ahí. Como reserva. Esperando que algún día se le permita desarrollarse y multiplicarse. De ahí la capacidad de regeneración del ser humano y de la sociedad: siempre puede recuperarse lo perdido, porque siempre queda algo de lo valioso y auténtico escondido en el fondo de alguna estancia.

Por eso vemos algunas manifestaciones de lo escaso. Y creemos que está, que es, que existe, que no hay que preocuparse. Sí. Existe. Pero en precario. Como una débil voz que no se escucha.

Mirando con ojos modernistas, la espiritualidad se asemeja a algo ascético, místico, no propio de nuestros días, donde priva la lucha, la agitación, las ambiciones desmedidas, la frustración y la desesperanza. Sin embargo, un ser con cultura de sí, que le proporciona autoconocimiento y comprensión, está en contacto con su espíritu, con su esencia. Y no se puede negar esta evidencia: Cuando un ser se escucha en silencio, se apercibe de algo que no es tan palpable de ordinario. Se percibe de la posesión de sus miembros corpóreos, de ese algo material, que le permite actuar en el mundo, participar en la sociedad, comunicarse. Y lo que no entiende es el proceso por el cual su mente actúa, que al fin y al cabo es algo material, como cualquier parte de su cuerpo. Formado por células, con contenido líquido, de química con composición esencial de átomos de sustancias básicas como el carbono, o el más elemental, el hidrógeno, pero combinadas de forma muy sutil. Materia al fin y al cabo. Cómo se formó, esa es otra gran cuestión. Y nos preguntamos y nos preguntaremos siempre: ¿Cómo esta materia que es mi cerebro, funciona generando ideas y pensamientos, memorizando hechos y cifras, y muchas operaciones más? Si de un ordenador programado se trata, tal vez nuestro comportamiento obedezca a un programa preestablecido que nos obligue a conducirnos de determinada manera. Entonces, nuestra libertad no existe; estamos condicionados de antemano a obrar de determinada forma.

Y esto, en parte es así: Por los genes, por la educación recibida, por el ambiente en que hemos vivido. Pero en sicología se sabe de la posibilidad de modificación del ser humano. Se podrá tener rasgos de personalidad condicionados por la soma, pero en la psique hay mucho para modelar y perfeccionar.

Lo cierto es que nuestro cerebro genera ideas; y éstas pueden ser genuinas y auténticas; no-producto de una presión del ambiente ni de un programa preestablecido. Esto pertenece a la sicología profunda, pero no se puede negar de la espontaneidad de una intuición o de la generación de una idea original. Así pues, no somos ese robot perfecto, producto espontáneo o de la evolución – sin explicación científica de su creación – de la Naturaleza. Somos seres pensantes, actuantes, creativos. Y esto, ¿lo genera la materia? ¿Es la materia la que nos hace ver mentalmente una imagen, un pensamiento, una idea? La materia es materia al fin y al cabo. Y nuestro cuerpo está hecho todo de materia, que al final de nuestra vida se pudre y se convierte en polvo, o en ceniza. ¿Puede la materia generar ideas, pensamientos y sentimientos? ¿Puede la materia sentir? Nuestro cuerpo –reiterándonos – es materia, y en ella, como es materia orgánica, se generan multitud de reacciones químicas, que originan el ciclo de la vida. Pero son simples – o complejas – reacciones químicas. Ellas no explican por qué yo siento dolor, pena o alegría. O por qué en mi mente veo una imagen, una idea, un pensamiento. Eso, quiérase o no, pertenece a lo espiritual, a lo intangible, a lo etéreo.

Muchos son los filósofos que han estudiado este importante tema. Mas, sin poseer una cultura filosófica destacada, solo con la cultura de sí, llegamos a la conclusión de que tenemos una esencia que es el ánima, el soplo, el espíritu; que gobierna y está por encima de la materia. ¿El espíritu gobierna a la materia? ¿Cómo puede ser eso? Ese es el gran misterio de la vida; igual que la vida misma.

Cuando un ser conecta con su esencia, ayudado por esa cultura de sí, es imposible que la vida se le aparezca como antes la veía. Es de otro color y aspecto; es diferente. Frente a la superficialidad en la apreciación de su concepto al principio, deviene ahora una concepción más densa, más amplia; y no deja uno de asombrarse por muchos de sus matices. No puede uno por menos que mostrar un profundo respeto por ella. Entonces se aprecia más también lo que uno es y lo que los demás son. Y se ven los contrastes del saber al no saber. Y se comprende y se respeta el esfuerzo hecho por quienes la naturaleza ha dotado de inquietudes y sensibilidad suficientes para poder indagar sobre sí mismos e indagar sobre la vida, que ha dado como consecuencia una cultura del ser y de su sentido en este mundo.

Un mensaje, una sentencia, un pensamiento, pueden contener sabiduría profunda; de esa que llega a la esencia de las cosas, que nos hace comprender y sentir que nos acercamos a la Verdad absoluta. Son aproximaciones de esta Verdad. Lo absoluto en lo humano no existe. Pero, emergiendo de la superficialidad, nuestro intelecto nos hace preguntas. Ya nos las hacía en la infancia; pero eran las más perentorias. Y los adultos nos las respondían; aunque nunca nos quedábamos satisfechos. Luego, la imposición del “programa” social nos alejaba de nuestras dudas y necesidades de saber, para pasar a aprender lo necesario para participar en la vida social. Ese filosofar incipiente quedaba relegado a un término más bajo, o se ahogaba. Algunos conseguían hacer sobrevivir esa natural inquietud: eran los mejor dotados, los que poseían una sensibilidad superior a la media. Pero todos participan de dicha sensibilidad de alguna manera. Solo hay que alimentarla y mimarla. Es la base del conocimiento, de la búsqueda.

Así, con la inquietud en saludable continuidad, la búsqueda del sentido de la vida es algo con mucho sentido. Se puede prescindir de esta búsqueda. También se puede prescindir de otras; hasta de un miembro del cuerpo, y  seguir viviendo. Sin embargo, mutilando al ser en sus manifestaciones no le permitimos crecer espiritualmente. Cuanta menor manifestación espiritual se da en el ser, más se aproxima su vivencia a la de un vegetar. La búsqueda del sentido de la vida no es solo la búsqueda de una justificación del existir, es buscar una justificación superior a la mera continuidad de la especie humana. Y tiene un sentido especial para cada uno, por cuanto cada uno tiene una misión personal por encima de la primigenia de perpetuarse; que no es imprescindible, pero que, sin embargo, venimos preparados para ella.

Es fácil decir que la vida es así, que no hay que preguntarse más; cuando hay ante nosotros preguntas que abarcan la inmensidad del universo; de la profundidad del misterio del Cosmos y del origen de la existencia. Los científicos, usando de la razón pura y de sus experiencias y mediciones, aventuran hipótesis acerca del origen del Universo y de la aparición de la vida en nuestro planeta. Es algo inmenso e inabarcable. Algo con un halo de misterio, que las teorías científicas tratan de englobar en un modelo cosmogónico. Algo en fin, que el hombre jamás podrá controlar, sino que deberá seguir sus implacables leyes. Es un algo relacionado con la transformación de la materia en energía y viceversa en el universo. Mas, cuando hablamos del origen de la vida inteligente el misterio es aún más profundo; porque la materia en continua interacción con la energía es un suceso de duración humanamente ilimitada; como un fenómeno físico de inmensas dimensiones que tuvo un origen y probablemente tenga un final. Pero para el ser humano, cuya vida es efímera, el universo es infinito en duración; y también en extensión. La vida inteligente es corta en duración, pero excelsa en concepción. Es, en comparación, de mayor importancia que el origen del universo; aunque ambos misterios estén concatenados.

Cabe preguntarse por qué no participan todos los humanos de similares inquietudes respecto a lo valioso e importante de sus vidas, desperdiciando, unas veces por obligación, otras por irreflexión, de ese corto período que es el transcurso de una existencia. Sí, se aceptan su realidad, sus alegrías y sus tragedias, sus penas y sus miserias. Se vive sin preguntarse por nada, sin penetrar en la esencia. Tal vez sea porque nos falta ese gran encuentro: con nosotros mismos primero; después con lo que nos rodea, con nuestros semejantes, desde esta nueva perspectiva; con la Naturaleza que nos alberga; con el Universo que nos circunda.

Para acceder al primer paso – el encuentro con nosotros mismos – debemos de poseer la llave que nos permita entrar a esa íntima estancia. Esa llave no es otra que la cultura, la cultura de sí.

La sociedad no se ha transformado a la par que la tecnología o la ciencia. El pensamiento, orientado hacia el exterior, ha conseguido metas importantes; pero el pensamiento y el comportamiento de las gentes no han avanzado en la misma proporción. No en vano aún hablamos de la “jungla de las ciudades”, de la “lucha por la vida”. No somos lo civilizados que podríamos ser.

Un conocimiento y comprensión de la esencia de lo humano llevaría a una mutación social de gran trascendencia. Esa transformación social nos llevaría a una sociedad altamente civilizada donde se eliminaría la violencia y la injusticia, donde el crecimiento de los valores esenciales sería  prioritario; donde se daría mayor relevancia al desarrollo integral del ser humano, con inclusión de los valores artísticos y creativos. No sólo el cultivo de la inteligencia práctica, al servicio de ideas positivistas.

Y, por consecuencia, se apreciaría el valor de la trascendencia del ser y de la vida. Se entraría en el terreno de lo elevado de una forma más profunda.

El sentido que la vida tiene para el ser es algo personal e intransferible; que entra dentro de lo racional y afectivo, de lo intuitivo y sentido; es algo inefable en el que interviene todo el potencial del ser humano; como una comprensión de síntesis. Se agranda a medida que se busca; nos ilumina mientras avanzamos en ella. Cuando se va construyendo ese delicado tejido, se encuentran respuestas a muchos porqués de la existencia; se valora ésta y se la ama y se la respeta más. Todo encaja. 

 

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