7 - LA LUCHA POR LA VIDA
Desde nuestro nacimiento percibimos en el entorno actitudes positivas y otras, que bien podríamos denominar agresivas. Es la condición contradictoria del ser humano cuando se desenvuelve de una forma seudo consciente; engañado por sí mismo y por los demás en la creencia de que es dueño de sí y de sus fuerzas; enfrentado a un mundo, a una sociedad, a un entorno que de sí, carece de comprensión y benevolencia.
Se ha hablado de que vivimos en una sociedad hostil. Y en cierta medida es así. Pero dentro de ella hay corrientes que tratan de paliar estas deficiencias: Así nacen las ONG, las agrupaciones religiosas de caridad; y al final, la misma sociedad genera organizaciones de atención, las cuales funcionan con unos requisitos previos.
Cada persona tiene trazado su destino. Puede sonar a fatalismo. En cierto modo es así. Pero no es que exista una predestinación como arguyen los deterministas, sino una previsión aproximada del desenvolvimiento de una persona, al contar con los condicionantes de carácter, personalidad y entorno. Esto, sin embargo, es especular sin más, puesto que no se cuenta con el factor azar o suerte, que puede modificar sustancialmente la progresión de una vida; incluso hacer cambiar lo plástico, lo modificable, cual es el carácter de la persona. Además, un ser humano es una persona creativa en sí, y puede aprehender enseñanzas o lograr cierta iluminación que permita reestablecer un equilibrio que se encontraba truncado.
En cualquier caso, el ser humano se enfrenta desde su nacimiento a una serie de cuestiones, problemas y situaciones, de las cuales debe salir airoso. Desde una perspectiva más optimista, – y también más realista – todo ser humano puede ser el dueño de su destino.
¿De qué manera el ser humano puede controlar su destino? ¿Es ésta una elucubración de algunos textos superficiales de autoayuda? ¿Qué hay de verdadero en todo esto?
De las reflexiones hechas con anterioridad se puede deducir ya algún esbozo o certeza: Hemos de despertar a nosotros mismos. Hemos de contactar con nuestra personalidad, con nuestro ser íntimo, no de la forma burda o vulgar como se puede considerar el tema, sino de una forma seria y profunda. No nos apercibimos, pero obramos en muchas ocasiones de una forma automática, por mecanismos aprendidos. Nuestro intelecto procesa, de manera mecánica, los datos que le suministramos a través de los sentidos. Ejecutamos, inteligentemente, los cálculos de las tareas que hacemos; pero esta función la ejecuta el cerebro sin que precisemos de una auténtica profundización interior. Sólo, de vez en cuando, despertamos cuando somos conscientes - y así lo manifestamos – de lo que estamos realizando. Solo el artista, el creativo, el que medita, el que se sumerge en su subconsciente, o el que trata de conectar voluntariamente en el estado “consciente”, lo consigue.
Nos habremos sorprendido, en muchas ocasiones, de haber llegado a algún lugar conduciendo el automóvil, o de haber realizado algo, y darnos cuenta que lo hemos hecho sin pensar en que lo hacíamos. Y nos vemos, con el objetivo realizado, o con el viaje en automóvil finalizado, y decirnos, “lo he hecho sin darme cuenta”.
Así funciona nuestro automatismo. Y en sí es un ahorro de energía espiritual. Pero cuando obramos así en todo lo que hacemos, se nos desvela la desconexión entre el ser profundo y el externo. Entonces nos apercibimos del mecanismo de los prejuicios, los amaneramientos, las respuestas automáticas. Tal vez las iluminaciones, las intuiciones, sean ráfagas de conexión íntima con el ser profundo.
Aprender a conectar consigo mismo es empezar a conocerse. Pero este autoconocimiento debe empezar cuanto antes; si es que pretendemos ser dueños de nuestro destino. Si no es así, estamos ante un terreno inexplorado, ante una “terra incógnita”, un territorio desconocido, que paradójicamente somos nosotros mismos.
Como el cerebro humano es tan versátil, aprende conductas superficiales, modos inducidos, cálculos matemáticos, y complicados trabajos que nos permite “ir por el mundo”; pero que no representan la esencia del ser. La búsqueda de sí mismo es un trabajo en el que previamente hemos de tener los conocimientos precisos de aquellos que se propusieron investigar de una forma científica acerca del ser. Fueron filósofos, psicólogos en sus diversas escuelas de pensamiento, psiquiatras, neurólogos, investigadores del hombre.
En la lucha por la vida es nuestro deber fundamental profundizar en la lectura de libros o el seguimiento de seminarios, donde podamos cultivar el conocimiento de nosotros mismos, la cultura de sí. Durante ese proceso, nuestras reflexiones y meditaciones harán que asimilemos la esencia del saber. Pero todo este conocimiento será estéril, si los conocimientos carecen de una aplicación práctica. Habremos de realizar el reconocimiento de las disciplinas, aplicadas a nuestro ser y a la relación con nuestros semejantes; la puesta en práctica de las técnicas de modificación de conducta, de profundización en nuestro ser interior. Y sobre todo, el reconocer en nosotros mismos, a ese alguien del que no sabíamos mucho, y al que ahora nos estamos acercando. Y verlo, observarlo, comprenderlo. Puestos así, y por semejanza, podemos proyectar esos conocimientos en los demás, en nuestros prójimos, para así poder comprenderlos también.
Tal vez, y si nos cuesta introducirnos, precisemos de ayuda. Esto solo ocurrirá en los casos en los que tengamos algún escollo o dificultad, o algún problema que nos causa desasosiego o angustia, y que nosotros mismos nos veamos impotentes para solucionarlo. Entonces tendremos que recurrir a la ayuda de un terapeuta. Pero esto no nos exime de cultivar el intelecto posteriormente, para incrementar nuestro caudal de conocimientos acerca de nuestra psicología; lo cual servirá para coadyuvar al tratamiento que seguimos.
Así seguimos con buen pie en la denominada lucha por la vida. Más fácil hubiera sido de haber contado con una instrucción iniciática desde nuestra infancia, que luego se hubiera incrementado progresivamente hasta llegar a ser un “experto” en el autoconocimiento; el cual nunca será completo, pero sí una aproximación que siempre nos será altamente beneficiosa.
La lucha por la vida viene a ser como el continuo batallar para la consecución de logros parciales que nos permitan el alcanzar metas, y que, sobre todo, consigan la sobre vivencia del individuo. Esta lucha viene dada por la serie de dificultades que hemos de sortear para avanzar en nuestros logros.
Es una cuestión de inteligencia, en la que se aúnan conocimientos, razonamientos y creatividad. Pero hay que añadir iniciativa, decisión, seguridad en lo que se hace.
Normalmente nos aprovisionamos del equipamiento necesario, en cuanto a conocimientos profesionales se refiere, con nuestros estudios universitarios o de otra índole. La cuestión cambia cuando los otros aditamentos están ausentes.
Nuestro bagaje profesional es importante. Siempre lo ha sido para el común de las gentes. Es más, se consideraba básico para triunfar en su carrera profesional y en la vida. Se ha idealizado en el cine y en la televisión. Han creado, lo que en psicología denominan, “el efecto de halo”: A una persona que sabe mucho de su profesión, la gente la hace inteligente en cualquier área del saber. Se le permiten licencias, y todo aquello que diga recibe total aprobación, pues se le supone una gran sabiduría. Este efecto de halo, se ha potenciado y aprovechado desde el cine y la televisión, al poner como protagonista de alguna película, a alguien agraciado físicamente. Entonces, el público asocia belleza con inteligencia, y lo que es más aún, con la sabiduría.
Son falacias, pero sin maldad. Proceden de un espejismo del pensamiento, tal vez de un deseo íntimo de alcanzar la plenitud de belleza y sabiduría. El recurso de la perfección se utiliza en el cine para atraer más al público hacia el personaje central de la película.
Es un ensueño, un ideal. Pero los logros de la civilización se han conseguido gracias a los soñadores. Sólo que para conseguir un logro hace falta conocimiento y esfuerzo...
Siendo pues los conocimientos profesionales importantes ¿por qué de tantas personas que fracasan o son infelices? ¿Acaso no se graduaron con las más brillantes calificaciones? O sin ser brillantes esas calificaciones, ¿no poseen una carrera universitaria que debería garantizarles sabiduría y logros materiales?
Dejando aparte la precariedad laboral, motivada por la situación económica y la sobreabundancia de titulados, los conocimientos profesionales son una parte del conocimiento del ser orientado hacia el exterior. Es el conocimiento orientado hacia la manipulación, ordenación o descubrimiento de elementos externos al ser con el fin de servir a unos fines que la sociedad precisa. Esa es la labor del ingeniero, del arquitecto, del médico; cuya dedicación es necesaria en el contexto de nuestra civilización, para la consecución de unos objetivos de organización, diseño, construcción o remedio para los males físicos. Pero fuera de su ámbito particular no poseen, sino de una manera somera, el resto de conocimientos. Especialmente los relativos a su persona. Y eso los hace incompletos, y en cierta manera, indefensos.
En el mundo actual – y en el de nuestros ancestros – se precisa de una fortaleza interior para soportar los embates del acontecer diario. Es el mundo civilizado algo densamente complejo, del que se precisa de un estado de ánimo de cierta solidez para desenvolverse y ser felices. Qué duda cabe que poseemos una inteligencia suficiente como para desenvolvernos en la vida diaria; pero dentro de nosotros se desarrolla nuestro sentir, nuestro pensar. Y esto influye decisivamente en nuestro hacer externo, haciéndolo más agradable, más completo, más creativo. O por el contrario, más deprimente, más amargo, más problemático, más rutinario. Y esto, en un ámbito global, deviene en una sociedad más feliz y solidaria, o, por el contrario, más triste y decadente.
La lucha por la vida, iniciada en la niñez, deviene en juegos y la introducción en el aprendizaje básico. Con una iniciación en la cultura de sí se sortean, de forma creativa y fácil, los pequeños problemas de relación escolar, de captación de la realidad, al ir descubriendo el mundo el infante; problemas al descubrirse a sí mismo; al explicarse a su manera, pero con cierta base, las sensaciones, las angustias, los temores, las alegrías, las tristezas. Y derivarlas hacia una sublimación, modificando su influencia negativa por otra positiva o, simplemente, debilitándolas hacia su extinción total.
La angustia del ser viene muchas veces por el desconocimiento; otras por conocer, en el caso de un peligro ya sabido. El desconocimiento de sí supone estados de angustia y ansiedad ante situaciones que se apartan de la norma y las sensaciones íntimas que le acompañan. Quien las ha superado es porque disponía de los recursos necesarios. Un niño de corta edad carece de recursos, salvo los instintos naturales. Por ello, si resuelve alguna situación comprometida, es porque habrá habido un aporte cultural de alguien que, al usarlo, le ha permitido salir airoso.
Cuando el niño va incrementando sus conocimientos, empleará la creatividad para resolver problemas de situaciones o en sus trabajos escolares. Porque la creatividad viene de la analogía, de la combinación, de la alteración, de la sustitución, de la eliminación, o de la intuición. Y eso solo se puede conseguir cuando hay un sustrato de conocimientos. Un recién nacido carece de éstos, si bien se especula acerca de la comunicación de la madre con el feto durante el embarazo; aunque esto representa un escaso aporte de saber, si bien, una mayor sensación de seguridad y tranquilidad al mismo.
A medida que avanza en edad el infante gana en conocimientos; y, por contra, pierde en espontaneidad: Son las consecuencias de la educación tradicional, orientada al desarrollo y disciplina del intelecto en su aspecto racional, con detrimento de la creatividad y la espontaneidad. Pero esta es otra cuestión.
Su vida de relación aumenta en complejidad, y, por ende, su pensamiento. De la sencillez de la vida infantil primera –no ausente de conflictos; para el infante, importantes – a una vida más intensa, con otros problemas, con otras situaciones. Todas derivadas de nuevas responsabilidades que le complican la existencia en aras de su desarrollo – forzado – como persona.
Se ha dicho “forzado”. Debe ser así. Y es obvio. Un niño, un adolescente, abandonado a su suerte en la sociedad, sin formación ni instrucción, sería como un barco a la deriva, sin rumbo ni objetivo; y sería presa de depredadores. Aún pensando por reducción al absurdo, que se suprimiera todo vestigio de acción educativa, la sociedad retrocedería a tiempos ancestrales de incultura e imperaría el reino de la fuerza y de los instintos. Con la culturización se les pone al día, se les nutre de los conocimientos que la sociedad ha adquirido hasta nuestros días, se les enseña a utilizar su intelecto. De una forma paulatina, pero constante. Y la instrucción y educación no debiera finalizar en la escuela, el instituto o la universidad. Porque es una labor importante el completar la formación del individuo: son muchos los conocimientos precisos. Pero sin olvidar los propios de su persona, de la cultura de sí. Estos son los más importantes, apelando al sano egoísmo. Porque es muy importante conocerse, comprenderse, quererse y animarse. Y esto, como un paso previo para comprender, querer y animar a los demás, a sus prójimos; y después a los más alejados: la sociedad en general. Por ello, la instrucción sobre sí debiera inculcarse también en la familia, en la escuela, instituto y universidad.
Esa es la razón de lo “forzado” en la instrucción del niño, del joven. Pero, habiendo expresado ya con anterioridad de lo incompleta de dicha instrucción, es por lo que en la etapa más delicada de la vida – la adolescencia – precisa de mayores apoyos, de un mejor “conocimiento del terreno” para saber por dónde pisa, pues se encuentra con nuevos desafíos, nuevas responsabilidades. El acercamiento al estatus de adulto le hace sujeto de cuestiones de relación, de independencia respecto a sus progenitores, de toma de conciencia de su identidad como persona, de su incipiente sexualidad.
Esa es su lucha por la vida en esa importante etapa: su crisis de identidad, sus nuevos problemas en el contexto de la sociedad, mayor complejidad en el pensamiento por aumento de nuevos conocimientos: una situación algo confusa, que en algunos casos se soluciona por el camino de en medio: la huida hacia adelante, el olvido de la responsabilidad, el abandono. ¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar?
Cuanto mayor es el fuego más agua se precisa para apagarlo. En esa delicada etapa es cuando mayor debe ser el aporte cognitivo en lo referente a su autoconocimiento, a la comprensión de sí mismo, para que, a partir de ahí, sobrevengan enfoques nuevos, ideas, soluciones, y en fin, mayor crecimiento personal.
Sobrepasada esa delicada etapa, con traumas más o menos importantes, nos introducimos en la siguiente, de adulto. Desarrolladas ya las facultades y el crecimiento corporal, iniciamos como vimos el período de instrucción profesional, bien superior o media, para prepararnos hacia la introducción en el mundo laboral. En pocas palabras, para sobrevivir en este mundo. Pero haciendo aquello que más nos gusta y nos acomoda.
La lucha por la vida en esta etapa está primeramente en la elección. Una buena elección de aquello que se nos adecue más a nuestro temperamento, nuestros gustos, nuestra forma de ser. Con la proliferación de universidades, o de escuelas de formación media, es relativamente fácil encontrar algo que nos interese. Así y todo, puede que no esté aquello por lo que soñábamos. Y además, la dificultad de ser admitidos o no en alguno de estos centros.
El autoconocimiento en esta cuestión nos permite decidir aquello para lo que mejor estamos preparados. Por nuestras capacidades, por nuestras inclinaciones. Y nos ayuda a conseguirlo sorteando los obstáculos, que siempre hay en cualquier actividad humana.
Es la lucha por llegar a la cima del conocimiento; una cima escogida por nosotros: de una altura determinada, con un aspecto peculiar, característico. Para subir a ella hay una lucha interior y exterior. La primera, por vencer las inercias, los desánimos. La segunda, por superar los obstáculos, las dificultades.
Pero es un panorama variopinto. La lucha en la vida no cesa. Pero en la etapa de formación se dibuja muy variada, y ofrece unas perspectivas teóricas apasionantes por lo inesperadas y expectantes. Tal vez se forjan esperanzas ilusorias, o por el contrario, se hace adoptando una pose de algo rutinario, inevitable.
En cualquier caso es a algo que se cuece en el interior de la mente. Es una postura intelectual. Pero conociendo al alma se sabe que en los sueños hay mucho de motivación; por lo que no es malo soñar, si se tiene también un pie en el suelo.
Es época de cocimiento del futuro. Es una lástima que este período de formación solo comprenda lo puramente profesional, olvidando lo humanístico: la potenciación de la persona; su capacitación personal; el sentido filosófico de la profesión.
Y preparando el futuro debería apreciarse, y enseñarse a apreciar, desde qué aspectos, seguro que muy variados, se puede aportar algo a la sociedad y a sí mismo, con la preparación y conocimientos que se van adquiriendo en la profesión. Eso proporciona diversidad de objetivos. Ante la carencia de esta enseñanza, cada individuo debe investigar esta importante cuestión. Pero no ya desde el terreno trillado y las respuestas convencionales. Hay que buscar nuevas perspectivas, otras visiones que permitirán ahondar en las posibilidades de desarrollo.
Ahí queda una labor de creatividad, de inventiva, que supone un aporte de objetivos a escoger, y que nace de una profundización interior.
Superado el período de formación, absolutamente necesario, a menos que prefiramos desempeñar labores primitivas o penosas, entramos pues en el desempeño de una labor profesional. Puede que hayamos tenido las cualidades y motivación precisas para desempeñar una labor que se aproxima al ideal que nos habíamos marcado, o se le aproxima. Puede, que por el contrario, - y no por desmerecimientos - no hayamos encontrado ese cargo o puesto de trabajo con el que tanto habíamos soñado, y tengamos que apechugar con una labor, que indudablemente exige cierta preparación, pero que no aprovecha todos nuestros potenciales y conocimientos.
Es como – haciendo un símil bélico, sin mala intención – entablar una batalla en un terreno variado y conocido, y aprovechando las mejores armas de que disponemos. O, contrariamente, en un terreno no conocido, pero no dificultoso, para luchar contra un enemigo pequeño pero muy recalcitrante, al que hay que atacar una y otra vez en una batalla interminable, y algo tediosa.
En el primer caso la batalla es altamente interesante, por lo diversa y creativa: al utilizar todos nuestros recursos, las combinaciones y posibilidades son aritméticamente crecientes; y eso alegra a nuestro entendimiento y hace nuestra vida mucho más agradable.
En el segundo caso, la rutina es el principal enemigo a vencer. Y esto puede estar unido a agobios en determinados momentos, en los cuales se amontona el trabajo rutinario y tedioso.
La lucha por la vida en estos dos casos es bien variada. Y casos pueden haber muchos más, como variada es la condición humana. Pero podemos resumir en que en unos, la lucha por la vida se desenvuelve primorosamente, y estamos en las cercanías de un existir dichoso – al menos en el campo laboral -. En otros, hemos de echar manos de nuestros recursos personales para poder sobrevivir en un ambiente que no nos agrada del todo, o bien poco.
Y no se ha hablado aquí del tema económico; porque lo estimamos secundario. Según zonas o países, la retribución es más elevada o menos. Pero en el mundo de la globalización el sistema trata de reducir costos y aumentar beneficios; por lo que se prevé remuneraciones no demasiado altas –exceptuando la gente directiva-. Si se le considera secundario es, porque al menos, debe ser suficiente para llevar una vida digna y porque lo más importante es la sensación de felicidad del individuo en el desempeño de su trabajo.
Sin esperar demasiado de la aplicación de la Inteligencia Emocional en el ámbito laboral por parte de nuestros directivos, hemos de aportar nosotros en nuestra lucha diaria, dosis de creatividad, paciencia y perseverancia, para poder sobrevivir con un cierto estado de eso tan indefinible que se llama felicidad.
La podemos diseñar nosotros mismos, porque la felicidad es algo, objetivo y subjetivo a la vez. Lo primero – lo objetivo – es evidente, porque a nadie le amarga un dulce: una buena situación económica y un trabajo agradable – y, tal vez bien remunerado – le prepara el terreno para sentirse dichoso. Lo subjetivo viene por la consideración personal que hacemos de nuestras circunstancias. Es evidente que hay personas que no han conectado con su ser íntimo, las cuales, aún disfrutando de unas condiciones laborales envidiables, no son felices y, por ende, no hacen felices a los suyos. Por el contrario, hay personas que padecen de situaciones laborales penosas y, sin embargo, se sienten bastante dichosas. Éstas, poseen unos recursos interiores que provienen de un buen autoconocimiento y comprensión de sí mismos, que las hace animarse, consolarse, motivarse, alegrarse, aún por pequeñas cosas de la vida. Este individuo es de sí su mejor amigo: se comprende, se mima, se anima. Pero no desde una perspectiva egocéntrica, sino desde la humana perspectiva de quien se conoce bien, y de ahí, conoce y comprende a los demás. En los otros ve un reflejo de sí mismo. En sí mismo ve un reflejo de los demás. Y desde este autoconocimiento, desde esta cultura de sí obtenida con estudio, observación y reflexión, o desde la perspectiva de un ser que es de concepción sencilla en lo personal e íntimo, pero que ha sabido establecer un diálogo fructífero consigo mismo y ha llegado a conocerse y comprenderse, y que ha procurado, desde esa perspectiva de autoconocimiento, comprender a los demás, es desde donde surgen ideas de acomodación y de animación, encontrando motivaciones y comportamientos que le hacen más agradable y soportable su penosa condición.
En esta etapa de lucha, es posible encontrarse en una situación de desamparo aparente: la pérdida del trabajo por cualquier circunstancia enfrenta al sujeto a una cuestión de disyuntiva. Esta se presenta desde la típica posibilidad de lucha o de huida. Si opta por la primera, hará acopio de toda la energía espiritual posible y la utilizará creativamente en la búsqueda de ideas para salir del atasco en que se encuentra. Puede encontrar toda clase de recursos, encontrando alternativas, nuevos objetivos o los mismos en nuevas corporaciones; aupando el espíritu, creciéndose a sí mismo. Si opta por la segunda, se encerrará en su casa y en sí mismo, auto compadeciéndose e influyendo desfavorablemente en su familia.
Es una falta de auto aceptación propia la que motiva estas situaciones. Quien está acostumbrado a sí mismo, y se conoce, la situación incómoda del paro laboral no es sino un desafío más en la lucha por la vida. De inmediato se pone a actuar, y, de seguro, encontrará una solución aceptable a su situación.
Hay un factor importante a tener en cuenta, y tratado al principio de este ensayo: la salud. Pero esta viene ligada a la cultura de sí; y quien se conoce en el plano espiritual, es más fácil y asequible que también se conozca en el plano físico y sepa de sus posibilidades y limitaciones y del cuidado de su ser material, pues ya es más que sabida la estrecha relación de dependencia entre el ente físico y el psíquico y las influencias entre el estado de uno y del otro.
LA LUCHA POR LA VIDA EN LA ÚLTIMA ETAPA
Se puede pensar que en esta última etapa del ser cesa toda lucha y deviene un estado de tranquilidad y reposo, donde se compensa de toda una vida dedicada a sobrevivir y realizarse. Pero la lucha comenzó desde la tierna infancia, donde la adaptación a un entorno que se desconoce, al haber arribado a él desde una opción de sus progenitores, le impone al ser una cierta adaptación si espera desenvolverse con fluidez. Acepta, en primera instancia, a la sociedad, sus usos y costumbres, y se deja influenciar por ella. Después vendrá la opción de modificar lo modificable; y esto será en función de los recursos de que disponga, que como vimos, pueden ser incentivados por una cultura de sí.
En la infancia la lucha no es por la supervivencia, puesto que está apoyado por sus progenitores, o en cualquier caso, por sus tutores. Pero el amanecer a un mundo desconocido implica su descubrimiento, y no lleva pocos esfuerzos conocerlo y comprenderlo desde las limitaciones del infante. En cierto modo es también sobrevivir.
En la última etapa también se lucha por sobrevivir. Lo que ocurre es que se desarrolla desde otras perspectivas. Si bien cesa la actividad laboral, y el mantenimiento viene de los aportes del Estado por la seguridad social, la lucha se centra en los terrenos del mantenimiento de su salud física y mental y conservar su integridad personal, evitando los abusos de algunos al prejuzgar su desamparo, y en conseguir objetivos íntimos anhelados con anterioridad pero que no pudieron cumplirse. O de seguir con más intensidad los que se iniciaron en la etapa anterior.
Es una lucha más cómoda, donde se escogen las armas, el momento y el lugar. Donde se decide plenamente. Donde los condicionamientos son los propios de la persona, los que le imponen sus circunstancias personales, sus limitaciones, o su conocimiento de sí.
El declive en lo físico influencia en el desarrollo de las actividades. Pero también es cierto, que salvo enfermedades graves que originen un desgaste excesivo, el proceso de envejecimiento, desde las perspectivas de la Medicina Natural, es un proceso lento, no traumatizante. Y así se va aceptando en el tiempo. En cambio, cuando no se ha seguido una profilaxis en etapas anteriores de la vida, o mejor aún, una filosofía sana de la vida, que se elabora desde la cultura de sí, que como consecuencia conlleva a una higiene tanto física como mental, se arriba a la última etapa con un desgaste material excesivo; y así, el individuo se impregna de los sentimientos depresivos de quien ha anhelado la libertad, y que, cuando llega, no la puede disfrutar por encontrarse limitado en lo físico.
Y de esta forma, se suma a la legión de los tristes ancianos – nombre peyorativo – cuyos lacónicos rostros denotan un estado común con los de su edad cronológica.
Y volvemos a reconsiderar el término, porque una persona en la última etapa – que puede ser dilatada en el tiempo – es cronológicamente mayor, pero puede ser física y psicológicamente más joven que lo que la tradición social les atribuye. Tradición, que por mucho que lo sea, no asume la verdad. Porque se ha perpetuado en el tiempo su error, al haber existido un desconocimiento de cierto grado – en el ámbito social, no individual, pues ha habido bastantes excepciones – en la cultura del ser.
Él haber llevado una vida sana y completa tendría como consecuencia que, al llegar a esta etapa, el cuidado de sí fuera una costumbre ya adquirida, y por lo tanto sería una perpetuación de lo que se venía haciendo. Entonces se disfrutaría de una auténtica libertad. De no ser así, aceptamos una lucha por la supervivencia, desde el punto de vista del cuidado físico – que también debería ser del mental, cultivando sus facultades psíquicas -.