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CAPÍTULO VI. La vejez

6 - LA VEJEZ

 

La vida fluye, decía Heráclito. Ese gran viaje de todo ser humano llega a su última etapa: la vejez.

En este fantástico tránsito, de duración finita, podemos haberlo disfrutado en gran parte; o puede haber sido interesante, pero cargado de sinsabores.

Como la realidad cada cual la interpreta de un modo personal, según la hayamos interpretado habrá sido mejor o peor. Eso, descontando una cierta dosis de objetividad cuando, como hemos citado más atrás, las circunstancias pueden ser malas para todos, como era el caso de guerras o grave crisis económica generalizada. Aún así, unos sufrían menos que otros, según su interpretación personal de la situación. 

Cuando se posee una personalidad auto- consciente y conocedora de sí misma, su viaje no habrá sido a la deriva. Habrá guiado su propia nave por los derroteros más correctos, de acuerdo con su personalidad y carácter; en concordancia consigo mismo, sin inhibiciones, sin temores, sin prejuicios, sin obedecer a falsas sugestiones o influencias. Considerándolo todo y de acuerdo con su ser esencial. Esto no quita algún altibajo, algún sufrimiento. Es inevitable. Pero en lo profundo de su ser está la convicción de haber realizado lo correcto; de haber estado de acuerdo con su persona, de no haberse doblegado al mundo exterior. Y si en algo lo hizo, fue con un íntimo convencimiento.

Así, llega a la última estación, con la serenidad de espíritu que siempre le caracterizó. Con la alegría interna de quien se es. Con la consciencia espiritual de sí, con el espíritu inalterado por el decurso de la existencia; con sus mismas ilusiones, inquietudes de superación o conocimiento; aceptando las limitaciones físicas, pero sin aminorar muchas expectativas; mejorándose en lo posible en el plano físico y en el espiritual; acometiendo proyectos personales o colectivos; dándose felicidad y proporcionándola a los demás, como reflejo de la propia.

Así, se ve el camino andado. Se recuerdan momentos gozosos. Se perdonan fallos, y se comprenden momentos de dolor. Se ve la trascendencia del ser...

Se emprende un nuevo camino, adornado con la posesión de mayor tiempo disponible. Es una nueva oportunidad para la comunicación profunda e interna. Una ocasión para el auto gozo en la esencia. Para la acción y para la contemplación externa e interna. Para la meditación y para la creación. Para esto último su cerebro viene cargado de ideas, de experiencia, de conocimientos acumulados. Y, en la posibilidad de cada cual, llevar a efecto planes de acción, que aglutinen en sí a los potenciales espirituales y físicos de su persona. Y así, desarrollar una actividad que perpetúa un estado de satisfacción personal de quien se sabe ser y poseer, de quien conoce sus alcances y pone en acción sus potenciales en algo, que al fin y al cabo le hará feliz. Feliz, por su expresión exterior de una personalidad sintonizada con su ser. Feliz por actuar en consonancia de sí y por la mayor expresión de la madurez, cual es el amor a los demás, partiendo de un respeto por sí mismo.

 

EL OTRO ASPECTO DE LA VEJEZ

No es más que el normal, el que vemos en el acontecer cotidiano.

En él encontramos a seres con cierto conocimiento de sí, que en sus actividades y su conducta se adivina un cierto estado de felicidad; un aprovechamiento de su vida; una cierta plenitud y gozo. También encontramos otros muchos que consumen sus días paseando al sol – lo cual no es criticable – o mirando vacíos programas en el televisor, sin otra actividad creativa. Porque ya no se trata de hacer algún trabajo, y ocupar así el tiempo libre; no el hacer por hacer, aunque sirva para algo. Es el hacer algo que emana de lo más íntimo de la persona. Es el ejecutar lo que nos ilusiona, como expresión de esa voz interior y personal. Indudablemente que siempre se intenta ser útil en algo en los quehaceres domésticos; pero siempre habrá otra cosa que nuestra esencia nos reclama y que antes no pudimos hacer, pero que ahora es posible. Y por supuesto, no hay época en la vida de un ser humano que no sea adecuada para nutrir nuestro intelecto, para mejorar nuestro entendimiento y cultura. Sin atender a estúpidas ideas existencialistas que esconden un gran pesimismo hacia el ser humano. Porque el ser siempre está dispuesto a aprender, a conocer. Y esto, aparte de ser agradable, repercute en la salud, tanto mental como física. No por cuestionar, por condicionamientos de la edad, cualquier actividad, y obligar a adoptar al sujeto a una actitud de fatalista espera o de contemplación, que de por sí lleva a  la aparición de la tristeza, de la depresión.

El poseer el sentido de trascendencia del ser hace que esta etapa sea, aún más que en las otras etapas de su vida, un momento en el que palpamos la esencia espiritual del hombre o mujer.  No como el ente que es y que desaparece en la noche de los tiempos resignado a su triste final, como planteaban los pensadores racionalistas, sino como alguien que después de su muerte se fundirá en los espacios etéreos,  a otro lugar.

Esto es más gratificante que la  concepción freudiana de la ascética resignación hacia la muerte, deducida desde aspectos puramente racionalistas.

A esto podríamos objetar que la razón no puede ir más allá de sus conocimientos. Y añadir que el Universo y la Vida son algo inconmensurable, complejo e inabarcable para la mente humana, por más que los logros científicos y tecnológicos – que no humanísticos – le asombren y le hagan crecer en su soberbia. Una soberbia absurda ante la inevitable derrota del ser ante la Parca.

En la vejez se puede comprender lo que es la vida para un ser humano. Se aprecia en la perspectiva de quien la ha recorrido casi completamente, se percibe su cortedad, la evolución, los logros, los fracasos, las alegrías, las penas; todo lo que acompaña en  este viaje o peregrinar, como denominan algunos, por este mundo. Es momento de reflexión, que no ha de ser exclusivo de este estado.

Reflexionando, nos apercibimos de lo que podríamos haber hecho o sido si hubiéramos pensado o sido de otra manera. Entonces es cuando nos percatamos de lo que hubiera supuesto para nosotros mismos el poseer ciertas cualidades o de haber eliminado ciertos defectos que nos han impedido ciertos logros. O de haber podido evitar ciertas disputas familiares o con otras personas que dieron lugar a consecuencias que hoy día lamentamos.

Puede evitarse la reflexión y seguir la vida diaria más o menos ocupada. Lo que sí es inexcusable es, que desde la perspectiva de la vejez se aprecia mejor el desarrollo de los acontecimientos de la vida personal. Y que ésta, hubiera sido más intensa y gratificante si nuestra cultura de sí, es decir si nuestro conocimiento como personas que somos, y por consecuencia de nosotros mismos, hubiera dado como fruto una corrección en los defectos y una incorporación de cualidades y conocimientos que dieran como consecuencia una mayor satisfacción personal y logro en la consecución de unos objetivos de felicidad y plenitud, que hubieran añadido un mayor significado y valor a la vida.

Se ha citado la intensidad de la vida. Hemos de hacer un paréntesis para diferenciar este adjetivo; porque es corriente identificar vida intensa con una vida colmada de placeres y grandes celebraciones y orgías, viajes interesantes y actividad constante.

La intensidad de la vida, desde el punto de mira psicológico, sería  vivirla con una gran serenidad de espíritu, desde donde emanan ideas de creación, reflexión positiva, comunicación, comprensión personal y ajena, optimismo, ausencia de miedos irracionales y complejos molestos que alteran el comportamiento, satisfacción personal sin narcisismos ni egolatría. Contemplándose objetivamente como un ser positivo, perfectible, – lo cual le supone algún fallo o defecto – válido como cualquier ser humano bien intencionado.

La intensidad de la vida desde este supuesto hace que sea vivida plenamente, y que las decisiones y pensamientos partan desde un origen orientados hacia la consecución de objetivos sanos y constructivos, que crearán goce y satisfacción a quien los creó. Así se vive con intensidad; sin molestias interiores que entorpecen la vida del individuo y le hacen perder un tiempo precioso por disquisiciones internas estériles y originadas por desarreglos de la personalidad de cuyas causas ya hemos hablado anteriormente, y que se remontan a los primeros tiempos de la vida, o quizás a cualquier época; pero que tienen una causa común: la ignorancia del ser humano respecto de sí mismo. Y además, por sufrir de las consecuencias de decisiones tomadas erróneamente en el pasado, al tener nuestro pensamiento condicionado por prejuicios y temores alimentados por nosotros mismos o por la sociedad.

 

VEJEZ, SALUD Y CREATIVIDAD

En tiempos antiguos, cuando se vivía en tribus, los ancianos, lejos de ser lo que son hoy para muchos, un estorbo, – por fortuna también  hay quien los estima por ser ancianos – eran, como un comité de sabios a quien se le consultaba problemas de la comunidad o cuestiones trascendentes.

La vida artificial de las ciudades, como reflejo de la sociedad en general, no es  ni más ni menos,  que la demostración de lo mucho que se ha avanzado en la técnica y en la ciencia y en lo poco y escaso que se ha desarrollado el pensamiento humanista, como realce del valor del ser humano en sí; que supondría poner a aquellas en un segundo plano, y siempre al servicio del primero. Y es que, aunque parezca que no es así, la persona, el ser humano, ha pasado a ser el segundo o el tercero en importancia, al situarlo comparativamente con  la ciencia o la ingeniería. Y esto hay que reconocerlo.

Retomando la cuestión de la ancianidad, el viejo, el anciano, es en nuestros tiempos, alguien, que si no vive en soledad o tiene la fortuna de pertenecer a  una familia comprensiva y compasiva, puede ser alguien cargado de tristeza o depresión, alguien que no espera nada de este mundo, y que solo puede aspirar al descanso eterno con la muerte.

Pero esta imagen, tan frecuente, es como el colofón de una vida desconectada de sí, como un sueño –tal como lo describía Ouspensky – en el que el único despertar es cuando conectamos con nosotros mismos; a una vida ausente de la sapiencia interior. Descuidada de su espiritualidad y, probablemente, de su físico, deviene una vejez cargada de prejuicios, en la que la persona adquiere hábitos de conducta inculcados por la sociedad, incluyendo en dichos hábitos una cierta depresión o tristeza, una infravaloración propia, una dejadez en el hacer y en el crear, y un vegetar a la espera del inevitable final. Si además, como es probable, se le añade un estado físico depauperado, es la excusa perfecta que justifica todo el comportamiento citado.

Una vida intensa, tal como la hemos esbozado anteriormente, desemboca en una “vejez”

cronológica, con actitudes y estado físico más íntegros que los de sus coetáneos. En esta situación es fácil seguir con aficiones, trabajos y costumbres que ya se venían haciendo; o que ahora, por la disponibilidad de tiempo, se empiezan o se intensifican.

Se ha entrecomillado la palabra vejez. Una vez más se hace inflexión en el carácter relativo de la edad. Es indudable que ésta refleja una situación temporal de la persona, y que probablemente por ella podamos predecir una serie de situaciones en el aspecto físico – que no en el anímico -. Pero esto sería improbable en una sociedad avanzada, donde el humanismo fuera preeminente respecto a las disciplinas racionales citadas con anterioridad. En este contexto, un ser humano, de edad cronológica avanzada, bien podría tener la apariencia de una persona de mediana edad de hoy día, con sus facultades físicas y espirituales en óptimo funcionamiento, y con una gran disposición anímica para la creatividad y la acción, enmarcadas con unas actitudes positivas y llenas de entusiasmo.

¿No sería ésta una situación deseable para toda agrupación humana? ¿Acaso es mejor la situación actual del siempre denostado y nunca mejorado “sistema”?

En los primeros años del nuevo milenio vemos aparecer en el horizonte inquietantes nubarrones, que no presagian un buen futuro para cualquier sociedad: Un mundo globalizado donde prima el beneficio, la rentabilidad del capital, puestos como suprema aspiración de cualquier empresa humana. Como comprobamos una vez más, el individuo, el ser humano, pasa a segundo o tercer plano de importancia. Primero se prima al capital, después a la ciencia y a la técnica. El ser humano en sí no es más que un componente en la producción y en el desarrollo. Se exprimen a grupos humanos cuyo entorno social permite su explotación, mientras que en otros donde se respeta más su condición, se les priva del trabajo necesario en pos de un mayor rendimiento del capital, que es el principal objetivo.

En esta situación, el humanismo no puede avanzar. Sin embargo, debieran formarse unas corrientes de opinión en pos de la superación del hombre, relegando a donde deben estar, al capital, a la ciencia y a la técnica. Para ello hace falta la concurrencia de pensamiento y colaboración en el ámbito social, en pos de una mejor y más civilizada sociedad. 

CAPÍTULO VII. La lucha por la vida.

7 - LA LUCHA POR LA VIDA

Desde nuestro nacimiento percibimos en el entorno actitudes positivas y otras, que bien podríamos denominar agresivas. Es la condición contradictoria del ser humano cuando se desenvuelve de una forma seudo consciente; engañado por sí mismo y por los demás en la creencia de que es dueño de sí y de sus fuerzas; enfrentado a un mundo, a una sociedad, a un entorno que de sí, carece de comprensión y benevolencia.

Se ha hablado de que vivimos en una sociedad hostil. Y en cierta medida es así. Pero dentro de ella hay corrientes que tratan de paliar estas deficiencias: Así nacen las ONG, las agrupaciones religiosas de caridad; y al final, la misma sociedad genera organizaciones de atención, las cuales funcionan con unos requisitos previos.

Cada persona tiene trazado su destino. Puede sonar a fatalismo. En cierto modo es así. Pero no es que exista una predestinación como arguyen los deterministas, sino una previsión aproximada del desenvolvimiento de una persona, al contar con los condicionantes de carácter, personalidad y entorno. Esto, sin embargo, es especular sin más, puesto que no se cuenta con el factor azar o suerte, que puede modificar sustancialmente la progresión de una vida; incluso hacer cambiar lo plástico, lo modificable, cual es el carácter de la persona. Además, un ser humano es una persona creativa en sí, y puede aprehender enseñanzas o lograr cierta iluminación que permita reestablecer un equilibrio que se encontraba truncado.

En cualquier caso, el ser humano se enfrenta desde su nacimiento a una serie de cuestiones, problemas y situaciones, de las cuales debe salir airoso. Desde una perspectiva más optimista, – y también más realista – todo ser humano puede ser el dueño de su destino.

¿De qué manera el ser humano puede controlar su destino? ¿Es ésta una elucubración de algunos textos superficiales de autoayuda? ¿Qué hay de verdadero en todo esto?

De las reflexiones hechas con anterioridad se puede deducir ya algún esbozo o certeza: Hemos de despertar a nosotros mismos. Hemos de contactar con nuestra personalidad, con nuestro ser íntimo, no de la forma burda o vulgar como se puede considerar el tema, sino de una forma seria y profunda. No nos apercibimos, pero obramos en muchas ocasiones de una forma automática, por mecanismos aprendidos. Nuestro intelecto procesa, de manera mecánica, los datos que le suministramos a través de los sentidos. Ejecutamos, inteligentemente, los cálculos de las tareas que hacemos; pero esta función la ejecuta el cerebro sin que precisemos de una auténtica profundización interior. Sólo, de vez en cuando, despertamos cuando somos conscientes - y así lo manifestamos – de lo que estamos realizando. Solo el artista, el creativo, el que medita, el que se sumerge en su subconsciente, o el que trata de conectar voluntariamente en el estado “consciente”, lo consigue.

Nos habremos sorprendido, en muchas ocasiones, de haber llegado a algún lugar conduciendo el automóvil, o de haber realizado algo, y darnos cuenta  que lo hemos hecho sin pensar en que lo hacíamos. Y nos vemos, con el objetivo realizado, o con el viaje en automóvil finalizado, y decirnos, “lo he hecho sin darme cuenta”.

Así funciona nuestro automatismo. Y en sí es un ahorro de energía espiritual. Pero cuando obramos así en todo lo que hacemos, se nos desvela la desconexión entre el ser profundo y el externo. Entonces nos apercibimos del mecanismo de los prejuicios, los amaneramientos, las respuestas automáticas. Tal vez las iluminaciones, las intuiciones, sean ráfagas de conexión íntima con el ser profundo.

Aprender a conectar consigo mismo es empezar a conocerse. Pero este autoconocimiento debe empezar cuanto antes; si es que pretendemos ser dueños de nuestro destino. Si no es así, estamos ante un terreno inexplorado, ante una “terra incógnita”, un territorio desconocido, que paradójicamente somos nosotros mismos.

Como el cerebro humano es tan versátil, aprende conductas superficiales, modos inducidos, cálculos matemáticos, y complicados trabajos que nos permite “ir por el mundo”; pero  que no representan la esencia del ser. La búsqueda de sí mismo es un trabajo en el que previamente hemos de tener los conocimientos precisos de aquellos que se propusieron investigar de una forma científica acerca del ser. Fueron filósofos, psicólogos en sus diversas escuelas de pensamiento, psiquiatras, neurólogos, investigadores del hombre.

En la lucha por la vida es nuestro deber fundamental profundizar en la lectura de libros o el seguimiento de seminarios, donde podamos cultivar el conocimiento de nosotros mismos, la cultura de sí. Durante ese proceso, nuestras reflexiones y meditaciones harán que asimilemos la esencia del saber. Pero todo este conocimiento será estéril, si los conocimientos carecen de una aplicación práctica. Habremos de realizar el reconocimiento de las disciplinas, aplicadas a nuestro ser y a la relación con nuestros semejantes; la puesta en práctica de las técnicas de modificación de conducta, de profundización en nuestro ser interior. Y sobre todo, el reconocer en nosotros mismos, a ese alguien  del que no sabíamos mucho,  y al que ahora nos estamos acercando. Y verlo, observarlo, comprenderlo. Puestos así, y por semejanza, podemos proyectar esos conocimientos en los demás, en nuestros prójimos, para así poder comprenderlos también.

Tal vez, y si nos cuesta introducirnos, precisemos de ayuda. Esto solo ocurrirá en los casos en los que tengamos algún escollo o dificultad, o algún problema que nos causa desasosiego o angustia, y que nosotros mismos nos veamos impotentes para solucionarlo. Entonces tendremos que recurrir a la ayuda de un terapeuta. Pero esto no  nos exime de cultivar el intelecto posteriormente, para incrementar nuestro caudal de conocimientos acerca de nuestra psicología; lo cual servirá para coadyuvar al tratamiento que seguimos.

Así seguimos con buen pie en la denominada lucha por la vida. Más fácil hubiera sido de haber contado con una instrucción iniciática desde nuestra infancia, que luego se hubiera incrementado progresivamente hasta llegar a ser un “experto” en el autoconocimiento; el cual nunca será completo, pero sí una aproximación que siempre nos será altamente beneficiosa.

La lucha por la vida viene a ser como el  continuo batallar para la consecución de logros parciales que nos permitan el alcanzar metas, y que, sobre todo, consigan la sobre vivencia del individuo. Esta lucha viene dada por la serie de dificultades que hemos de sortear para avanzar en nuestros logros.

Es una cuestión de inteligencia, en la que se aúnan conocimientos, razonamientos y creatividad. Pero hay que añadir iniciativa, decisión, seguridad en lo que se hace.

Normalmente nos aprovisionamos del equipamiento necesario, en cuanto a conocimientos profesionales se refiere, con nuestros estudios universitarios o de otra índole. La cuestión cambia cuando los otros aditamentos están ausentes.

Nuestro bagaje profesional es importante. Siempre lo ha sido para el común de las gentes. Es más, se consideraba básico para triunfar en su carrera profesional y en la vida. Se ha idealizado en el cine y en la televisión. Han creado, lo que en psicología denominan, “el efecto de halo”: A una persona que  sabe mucho de su profesión, la gente la hace inteligente en cualquier área del saber. Se le permiten licencias, y todo aquello que diga recibe total aprobación, pues se le supone una gran sabiduría. Este efecto de halo, se ha potenciado y aprovechado desde el cine y la televisión, al poner como protagonista de alguna película, a alguien agraciado físicamente. Entonces, el público asocia belleza con inteligencia, y lo que es más aún, con la sabiduría.

Son falacias, pero sin maldad. Proceden de un espejismo del pensamiento, tal vez de un deseo íntimo de alcanzar la plenitud de belleza y sabiduría. El recurso de la perfección se utiliza en el cine para atraer más al público hacia el personaje central de la película.

Es un ensueño, un ideal. Pero los logros de la civilización se han conseguido gracias a los soñadores. Sólo que para conseguir un logro hace falta conocimiento y esfuerzo...

Siendo pues los conocimientos profesionales importantes ¿por qué de tantas personas  que fracasan o son infelices? ¿Acaso no se graduaron con las más brillantes calificaciones? O sin ser brillantes esas calificaciones, ¿no poseen una carrera universitaria que debería garantizarles sabiduría y logros materiales?

Dejando aparte la precariedad laboral, motivada por la situación económica y la sobreabundancia de titulados, los conocimientos profesionales son una parte del conocimiento del ser orientado hacia el exterior. Es el conocimiento orientado hacia la manipulación, ordenación o descubrimiento de elementos externos al ser con el fin de servir a unos fines que la sociedad precisa. Esa es la labor del ingeniero, del arquitecto, del médico; cuya dedicación es necesaria en el contexto de nuestra civilización, para la consecución de unos objetivos de organización, diseño, construcción o remedio para los males físicos. Pero fuera de su ámbito particular no poseen, sino de una manera somera, el resto de conocimientos. Especialmente los relativos a su persona. Y eso los hace incompletos, y en cierta manera, indefensos.

En el mundo actual – y en el de nuestros ancestros – se precisa de una fortaleza interior para soportar los embates del acontecer diario. Es el mundo civilizado algo densamente complejo, del que se precisa de un estado de ánimo de cierta solidez para desenvolverse y ser felices. Qué duda cabe que poseemos una inteligencia suficiente  como para desenvolvernos en la vida diaria; pero dentro de nosotros se desarrolla nuestro sentir, nuestro pensar. Y esto influye decisivamente en nuestro hacer externo, haciéndolo más agradable, más completo, más creativo. O por el contrario, más deprimente, más amargo, más problemático, más rutinario. Y esto, en un ámbito global, deviene en una sociedad más feliz y solidaria, o,  por el contrario, más triste y decadente. 

La lucha por la vida, iniciada en la niñez, deviene en juegos y la introducción en el aprendizaje básico. Con una iniciación en la cultura de sí se sortean, de forma creativa y fácil, los pequeños problemas de relación escolar, de captación de la realidad, al ir descubriendo el mundo el  infante; problemas al descubrirse a sí mismo; al explicarse a su manera, pero con cierta base, las sensaciones, las angustias, los temores, las alegrías, las tristezas. Y derivarlas hacia una sublimación, modificando su influencia negativa por otra positiva o, simplemente, debilitándolas hacia su extinción total.

La angustia del ser viene muchas veces por el desconocimiento; otras por conocer, en el caso de un peligro ya sabido. El desconocimiento de sí supone estados de angustia y ansiedad ante situaciones que se apartan de la norma y las sensaciones íntimas que le acompañan. Quien las ha superado es porque disponía de los recursos necesarios. Un niño de corta edad carece de recursos, salvo los instintos naturales. Por ello, si resuelve alguna situación comprometida, es porque habrá habido un aporte cultural de alguien que, al usarlo,  le ha permitido salir airoso.

Cuando el niño va incrementando sus conocimientos, empleará la creatividad para resolver problemas de situaciones o en sus trabajos escolares. Porque la creatividad viene de la analogía, de la combinación, de la alteración, de la sustitución, de la eliminación, o de la intuición. Y eso solo se puede conseguir cuando hay un sustrato de conocimientos. Un recién nacido carece de éstos, si bien se especula acerca de la comunicación de la madre con el feto durante el embarazo; aunque esto representa un escaso aporte de saber, si bien, una mayor sensación de seguridad y tranquilidad al mismo.

A medida que avanza en edad el infante gana en conocimientos; y, por contra, pierde en espontaneidad: Son las consecuencias de la educación tradicional, orientada al desarrollo y disciplina del intelecto en su aspecto racional, con detrimento de la creatividad y la espontaneidad. Pero esta es otra cuestión.

Su vida de relación aumenta en complejidad, y, por ende, su pensamiento. De la sencillez de la vida infantil primera –no ausente de conflictos; para el infante, importantes – a una vida más intensa, con otros problemas, con otras situaciones. Todas derivadas de nuevas responsabilidades que le complican la existencia en aras de su desarrollo – forzado – como persona.

Se ha dicho “forzado”. Debe ser así. Y es obvio. Un niño, un adolescente, abandonado a su suerte en la sociedad, sin formación ni instrucción, sería como un barco a la deriva, sin rumbo ni objetivo; y sería presa de depredadores. Aún pensando por reducción al absurdo, que se suprimiera todo vestigio de acción educativa, la sociedad retrocedería a tiempos ancestrales de incultura e imperaría el reino de la fuerza y de los instintos. Con la culturización se les pone al día, se les nutre de los conocimientos que la sociedad ha adquirido hasta nuestros días, se les enseña a utilizar su intelecto. De una forma paulatina, pero constante. Y la instrucción y educación no debiera finalizar en la escuela, el instituto o la universidad. Porque es una labor importante el completar la formación del individuo: son muchos los conocimientos precisos. Pero sin olvidar los  propios de su persona, de la cultura de sí. Estos son los más importantes, apelando al sano egoísmo. Porque es muy importante conocerse, comprenderse, quererse y animarse. Y esto, como un paso previo para comprender, querer y animar a los demás, a sus prójimos; y después a los más alejados: la sociedad en general. Por ello, la instrucción sobre sí debiera inculcarse también en la familia, en la escuela, instituto y universidad.

Esa es la razón de lo “forzado” en la instrucción del niño, del joven. Pero, habiendo expresado ya con anterioridad de lo incompleta de dicha instrucción, es por lo que en la etapa más delicada de la vida – la adolescencia – precisa de mayores apoyos, de un mejor “conocimiento del terreno” para saber por dónde pisa, pues se encuentra con nuevos desafíos, nuevas responsabilidades. El acercamiento al estatus de adulto le hace sujeto de cuestiones de relación, de independencia respecto a sus progenitores, de toma de conciencia de su identidad como persona, de su incipiente sexualidad.

Esa es su lucha por la vida en esa importante etapa: su crisis de identidad, sus nuevos problemas en el contexto de la sociedad, mayor complejidad en el pensamiento por aumento de nuevos conocimientos: una situación algo confusa, que en algunos casos se soluciona por el camino de en medio: la huida hacia adelante, el olvido de la responsabilidad, el abandono.  ¿Qué hacer? ¿Por dónde empezar?

Cuanto mayor es el fuego más agua se precisa para apagarlo. En esa delicada etapa es cuando mayor debe ser el aporte cognitivo en lo referente a su autoconocimiento, a la comprensión de sí mismo, para que, a partir de ahí, sobrevengan enfoques nuevos, ideas, soluciones, y en fin, mayor crecimiento personal.

Sobrepasada esa delicada etapa, con traumas más o menos importantes, nos introducimos en la siguiente, de adulto. Desarrolladas ya las facultades y el crecimiento corporal, iniciamos como vimos el período de instrucción profesional, bien superior o media, para prepararnos hacia la introducción en el mundo laboral. En pocas palabras, para sobrevivir en este mundo. Pero haciendo aquello que más nos gusta y nos acomoda.

La lucha por la vida en esta etapa está primeramente en la elección. Una buena elección de aquello que se nos adecue más a nuestro temperamento, nuestros gustos, nuestra forma de ser. Con la proliferación de universidades, o de escuelas de formación media, es relativamente fácil encontrar algo que nos interese. Así y todo, puede que no esté aquello por lo que soñábamos. Y además, la dificultad de ser admitidos o no en alguno de estos centros.

El autoconocimiento en esta cuestión nos permite decidir aquello para lo que mejor estamos preparados. Por nuestras capacidades, por nuestras inclinaciones. Y nos ayuda a conseguirlo sorteando los obstáculos, que siempre hay en cualquier actividad humana.

Es  la lucha por llegar a la cima del conocimiento; una cima escogida por nosotros: de una altura determinada, con un aspecto peculiar, característico. Para subir a ella hay una lucha interior y exterior. La primera, por vencer las inercias, los desánimos. La segunda, por superar los obstáculos, las dificultades.

Pero es un panorama variopinto. La lucha en la vida no cesa. Pero en la etapa de formación se dibuja muy variada, y ofrece unas perspectivas teóricas apasionantes por lo inesperadas y expectantes. Tal vez se forjan esperanzas ilusorias, o por el contrario, se hace adoptando una pose de algo rutinario, inevitable.

En cualquier caso es a algo que se cuece en el interior de la mente. Es una postura intelectual. Pero conociendo al alma se sabe que en los sueños hay mucho de motivación; por lo que no es malo soñar, si se tiene también un pie en el suelo.

Es época de cocimiento del futuro. Es una lástima que este período de formación solo comprenda lo puramente profesional, olvidando lo humanístico: la potenciación de la persona; su capacitación personal; el sentido filosófico de la profesión.

Y preparando el futuro debería apreciarse, y enseñarse a apreciar, desde qué aspectos, seguro que muy variados, se puede aportar algo a la sociedad y a sí mismo, con la preparación y conocimientos que se van adquiriendo en la profesión. Eso proporciona diversidad de objetivos. Ante la carencia de esta enseñanza, cada individuo debe investigar esta importante cuestión. Pero no ya desde el terreno trillado y las respuestas convencionales. Hay que buscar nuevas perspectivas, otras visiones que permitirán ahondar en las posibilidades de desarrollo.

Ahí queda una labor de creatividad, de inventiva, que supone un aporte de objetivos a escoger, y que nace de una profundización interior.

Superado el período de formación, absolutamente necesario, a menos que prefiramos desempeñar labores primitivas o penosas, entramos pues en el desempeño de una labor profesional. Puede que hayamos tenido las cualidades y motivación precisas para desempeñar una labor que se aproxima al ideal que nos habíamos marcado, o se le aproxima. Puede, que por el contrario, - y no por desmerecimientos - no hayamos encontrado ese cargo o puesto de trabajo con el que tanto habíamos soñado, y tengamos que apechugar con una labor, que indudablemente exige cierta preparación, pero que no aprovecha todos nuestros potenciales y conocimientos.

Es como – haciendo un símil bélico, sin mala intención – entablar una batalla en un terreno variado y conocido, y aprovechando las mejores armas de que disponemos. O, contrariamente, en un terreno no conocido, pero no dificultoso, para luchar contra un enemigo pequeño pero muy recalcitrante, al que hay que atacar una y otra vez en una batalla interminable, y algo tediosa.

En el primer caso la batalla es altamente interesante, por lo diversa y creativa: al utilizar todos nuestros recursos, las combinaciones y posibilidades son aritméticamente crecientes; y eso alegra a nuestro entendimiento y  hace nuestra vida mucho más agradable.

En el segundo caso, la rutina es el principal enemigo a vencer. Y esto puede estar unido a agobios en determinados momentos, en los cuales se amontona el trabajo rutinario y tedioso.

La lucha por la vida en estos dos casos es bien variada. Y casos pueden haber muchos más, como variada es la condición humana. Pero podemos resumir en que en unos, la lucha por la vida se desenvuelve primorosamente, y estamos en las cercanías de un existir dichoso – al menos en el campo laboral -. En otros, hemos de echar manos de nuestros recursos personales para poder sobrevivir en un ambiente que no  nos agrada del todo, o bien poco.

Y no se ha hablado aquí del tema económico; porque lo estimamos secundario. Según zonas o países, la retribución es más elevada o menos. Pero en el mundo de la globalización  el sistema trata de reducir costos y aumentar beneficios; por lo que se prevé remuneraciones no demasiado altas –exceptuando la gente directiva-. Si se le considera secundario es, porque al menos, debe ser suficiente para llevar una vida digna y porque lo más importante es la sensación de felicidad del individuo en el desempeño de su trabajo.

Sin esperar demasiado de la aplicación de la Inteligencia Emocional en el ámbito laboral por parte de nuestros directivos, hemos de aportar nosotros en nuestra lucha diaria, dosis de creatividad, paciencia y perseverancia, para poder sobrevivir con un cierto estado de eso tan indefinible que se llama felicidad.

La podemos diseñar nosotros mismos, porque la felicidad es algo, objetivo y subjetivo a la vez. Lo primero – lo objetivo – es evidente, porque a nadie le amarga un dulce: una buena situación económica y un trabajo agradable  – y, tal vez bien remunerado – le prepara el terreno para sentirse dichoso. Lo subjetivo viene por la consideración personal que hacemos de nuestras circunstancias. Es evidente que hay personas que no han conectado con su ser íntimo, las cuales, aún disfrutando de unas condiciones laborales envidiables, no son felices y, por ende, no hacen felices a los suyos. Por el contrario, hay personas que padecen de situaciones laborales penosas y, sin embargo, se sienten bastante dichosas. Éstas, poseen unos recursos interiores que provienen de un buen autoconocimiento y comprensión de sí mismos, que las hace animarse, consolarse, motivarse, alegrarse, aún por pequeñas cosas de la vida. Este individuo es de sí su mejor amigo: se comprende, se mima, se anima. Pero no desde una perspectiva egocéntrica, sino desde la humana perspectiva de quien se conoce bien, y de ahí, conoce y comprende a los demás. En los otros ve un reflejo de sí mismo. En sí mismo ve un reflejo de los demás. Y desde este autoconocimiento, desde esta cultura de sí obtenida con estudio, observación y reflexión, o desde la perspectiva de un ser que es de concepción sencilla en lo personal e íntimo, pero que ha sabido establecer un diálogo fructífero consigo mismo y ha llegado a conocerse y comprenderse, y que ha procurado, desde esa perspectiva de autoconocimiento, comprender a los demás, es desde donde surgen ideas de acomodación y de animación, encontrando motivaciones y comportamientos que le hacen más agradable y soportable su penosa condición.

En esta etapa de lucha, es posible encontrarse en una situación de desamparo aparente: la pérdida del trabajo por cualquier circunstancia enfrenta al sujeto a una cuestión de disyuntiva. Esta se presenta desde la típica posibilidad de lucha o de huida. Si opta por la primera, hará acopio de toda la energía espiritual posible y la utilizará creativamente en la búsqueda de ideas para salir del atasco en que se encuentra. Puede encontrar toda clase de recursos, encontrando alternativas, nuevos objetivos o los mismos en nuevas corporaciones; aupando el espíritu, creciéndose a sí mismo. Si opta por la segunda, se encerrará en su casa y en sí mismo, auto compadeciéndose e influyendo desfavorablemente en su familia.

Es una falta de auto aceptación propia la que motiva estas situaciones. Quien está acostumbrado a sí mismo, y se conoce, la situación incómoda del paro laboral no es sino un desafío más en la lucha por la vida. De inmediato se pone a actuar, y, de seguro, encontrará una solución aceptable a su situación. 

Hay un factor importante a tener en cuenta, y tratado al principio de este ensayo: la salud. Pero esta viene ligada a la cultura de sí; y quien se conoce en el plano espiritual, es más fácil y asequible que también se conozca en el plano físico y sepa de sus posibilidades y limitaciones y del cuidado de su ser material, pues ya es más que sabida la estrecha relación de dependencia entre el ente físico y el psíquico y las influencias entre el estado de uno y del otro.

 

LA LUCHA POR LA VIDA EN LA ÚLTIMA ETAPA

Se puede pensar que en esta última etapa del ser cesa toda lucha y deviene un estado de tranquilidad y reposo, donde se compensa de toda una vida dedicada a sobrevivir y realizarse. Pero la lucha comenzó desde la tierna infancia, donde la adaptación a un entorno que se desconoce, al haber arribado a él desde una opción de sus progenitores, le impone al ser  una cierta adaptación si espera desenvolverse con fluidez. Acepta, en primera instancia, a la sociedad, sus usos y costumbres, y se deja influenciar por ella. Después vendrá la opción de modificar lo modificable; y esto será en función de los recursos de que disponga, que como vimos, pueden ser incentivados por una cultura de sí.

En la infancia la lucha no es por la supervivencia, puesto que está apoyado por sus progenitores, o en cualquier caso, por sus tutores. Pero el amanecer a un mundo desconocido implica su descubrimiento, y no lleva pocos esfuerzos conocerlo y comprenderlo desde las limitaciones del infante. En cierto modo es también sobrevivir.

En la última etapa también se lucha por sobrevivir. Lo que ocurre es que se desarrolla desde otras perspectivas. Si bien cesa la actividad laboral, y el mantenimiento viene de los aportes del Estado por la seguridad social, la lucha se centra en los terrenos del mantenimiento de su salud física y mental y conservar su integridad personal, evitando los abusos de algunos al prejuzgar su desamparo, y en conseguir objetivos íntimos anhelados con anterioridad pero que no pudieron cumplirse. O de seguir con más intensidad los que se iniciaron en la etapa anterior.

Es una lucha más cómoda, donde se escogen las armas, el momento y el lugar. Donde se decide plenamente. Donde los condicionamientos son los propios de la persona, los que le imponen sus circunstancias personales, sus limitaciones, o su conocimiento de sí.

El declive en lo físico influencia en el desarrollo de las actividades. Pero también es cierto, que salvo enfermedades graves que originen un desgaste excesivo, el proceso de envejecimiento, desde las perspectivas de la Medicina Natural, es un proceso lento, no traumatizante. Y así se va aceptando en el tiempo. En cambio, cuando no se ha seguido una profilaxis en etapas anteriores de la vida, o mejor aún, una filosofía sana de la vida, que se elabora desde la cultura de sí, que como consecuencia conlleva a una higiene tanto física como mental, se arriba a la última etapa con un desgaste material excesivo; y así, el individuo se impregna de los sentimientos depresivos de quien ha anhelado la libertad,  y que, cuando llega, no la puede disfrutar por encontrarse limitado en lo físico.

Y de esta forma,  se suma a la legión de los tristes ancianos – nombre peyorativo – cuyos lacónicos rostros denotan un estado común con los de su edad cronológica.

Y volvemos a reconsiderar el término, porque una persona en la última etapa – que puede ser dilatada en el tiempo – es cronológicamente mayor, pero puede ser física y psicológicamente más joven que lo que la tradición social les atribuye. Tradición, que  por mucho que lo sea, no asume la verdad. Porque se ha perpetuado en el tiempo su error, al haber existido un desconocimiento de cierto grado – en el ámbito social, no individual, pues ha habido bastantes excepciones – en la cultura del ser.

Él haber llevado una vida sana y completa tendría como consecuencia que, al llegar a esta etapa, el cuidado de sí fuera una costumbre ya adquirida, y por lo tanto sería una perpetuación de lo que se venía haciendo. Entonces se disfrutaría de una auténtica libertad. De no ser así, aceptamos una lucha por la supervivencia, desde el punto de vista del cuidado físico – que también debería ser del mental, cultivando sus facultades psíquicas -.

CAPÍTULO VIII. La familia, la soledad.

8 - LA FAMILIA, LA SOLEDAD

 

LA VIDA EN FAMILIA

La familia, desde muy antiguo, ha sido considerada como núcleo básico de la sociedad. El deseo de perpetuarse, la satisfacción de criar hijos y las necesidades de afecto y sexuales del ser le ha impulsado a buscar pareja – de distinto sexo, como normalidad – y establecer con ello una familia. Es algo muy natural y sano. No se puede  tener hijos y abandonarlos. No se puede tener esposa y engañarla con otras mujeres. Sí se puede; pero no se debe. Y no ya por imperativos morales, sino por el más elemental sentido común; partiendo de la hipótesis de que la familia se fundó por un fuerte sentimiento de afecto: Una mujer – o un marido – engañada, sentirá una profunda frustración. Y no es para menos, puesto que se ha entregado en cuerpo y alma a la otra persona, en pos de un proyecto de vivencia en común y para la creación de una prole que debiera llenar de satisfacción a la pareja; y para ello ha abandonado, tal vez, padres, aficiones, y aún profesión en algunos casos. Es un dolor muy fuerte y profundo ver que se han  traicionado unos sentimientos, evaporado unas ilusiones, - tal vez unas fantasías - por unas expectativas excesivas hacia el otro.

Desde la perspectiva de una persona sin cultura de sí, el hecho de formar una familia puede ser algo contraído inconscientemente, por costumbre social, o algo decidido de una manera consciente, y por imperativos sentimentales. En este último caso, ambas condiciones van concurrentes al unísono.

En los momentos presentes, donde predomina la cultura del egoísmo y la autosatisfacción, amén de la indolencia hacia el cultivo del espíritu, el hecho de contraer nupcias presupone un peligro de disolución. A tenor de la cultura del momento, si algo resulta molesto en la relación matrimonial, se produce un rápido corte de la misma, tenga las consecuencias que tenga. No se tolera un tono más elevado que otro, y, por supuesto, no se tolera una infidelidad, que parece ser el leitmotiv de la vida en la sociedad de consumo en nuestros días. Y además,  la violencia de género.....

Es tal la incultura de sí, que dadas las condiciones actuales de la sociedad no se puede garantizar la estabilidad de un matrimonio. Se podrá contradecir, exponiendo que eso nunca se ha podido garantizar. Y es cierto. Pero antaño la mujer era más resignada, y por costumbre social, debía un respeto al marido. Pero también el marido era más consciente que en nuestros días, de la grave responsabilidad de llevar adelante una familia. Y para ello aportaba su esfuerzo y sus mejores sentimientos; lo cual no es precisamente lo que hoy día prevalece. No existen estudios que corroboren este hecho, pero el sentido de la familia antaño era más venerado que en la actualidad. A pesar de la sumisión de la mujer.

Conseguida la igualdad de la mujer en derechos con el hombre,  la responsabilidad en la continuidad de una familia es de ambos. Así pues, ¿cómo es que se diluyen tantos matrimonios? Y otra pregunta más: ¿Por qué hay menos matrimonios y las uniones se hacen, predominantemente, por amancebamiento?

La respuesta que primero viene a la mente es, que es lo que la sociedad  impone, porque “es lo que hace mucha gente”. Pero reflexionando más, se encuentran otras poderosas razones: Tal vez, una facilidad en tomar unas decisiones – mayores cotas de libertad -; un recuerdo en el inconsciente de la antigua propaganda hippie: haz el amor y no la guerra; tergiversando el término al hacer el trueque de la palabra amor por la de sexo. Más razones son, el deseo de ser menos hipócritas, al hacer bodas sin amor, o aparentando una virginidad que ya no se posee. O de evitar hacer un gasto excesivo e innecesario en el banquete. O ante el fundado temor de un divorcio previsible y confrontado por las cifras que se manejan, y que la prensa o la televisión anuncian. O ante una indolencia generalizada hacia la espiritualidad y el cultivo del espíritu y las facultades superiores que hace que se deprecien los sentimientos más nobles del ser.

Hay muchas razones; pero se podrían resumir en pocas: Una falta de cultura del ser, donde éste obraría por sí mismo, sin ningún condicionante social que lo impulse a obrar de otro modo; y a una tremenda frustración hacia esta sociedad capitalista y de consumo, donde la decadente filosofía de la misma es la de primar al capital antes que a la persona, cuando, al menos, podrían ir a la par. Así, escasean los trabajos interesantes y bien remunerados, y la gente opta por sobrevivir con el acompañamiento de la frustración que el mundo le ofrece. Con este desengaño y sin la protección interior de quien se es amigo de sí, sobrevienen los sentimientos de apatía que degeneran en conductas indolentes y de desánimo hacia lo elevado, hacia lo interior y hacia lo comprometido. De esta manera se enriquece al sistema y se van generando, en espiral, refuerzos a estas conductas. No es de extrañar pues, que menudeen situaciones preocupantes de actos vandálicos, o que el índice de neuróticos o depresivos vaya en aumento, y tal vez, el aumento del consumo de drogas, como método de huída del mundo actual. Con referencia a la neurosis  se puede decir, con el beneplácito de psicólogos y psiquiatras, que, en la sociedad actual, todos, prácticamente todos, padecemos en algún grado de neurosis; no de tipo grave, por supuesto, pero no estamos libres de alguna manifestación de conducta o de algún padecimiento que nos indica que no estamos en la zona de equilibrio ideal de las personas absolutamente sanas.

Ha sido necesaria esta disquisición acerca de la influencia social en el ser humano, para buscar explicación a la situación del ser respecto al matrimonio y para justificar lo que de defensa y de refuerzo creativo tiene el poseer una fuerte cultura de sí. Es un contrasentido. ¿Cómo van a poseer las personas una aceptable cultura de sí en un mundo como éste, tan frustrante? ¡Si es la serpiente que se muerde la cola! Seguramente porque no todo es tan absoluto en este mundo. Aunque haya una tendencia generalizada hacia una determinada forma de hacer o de pensar, no todo es así. Y en el género humano siempre hay una capacidad inmensa de regeneración; y el mismo, llegado un punto, puede engendrar un movimiento en sentido opuesto que le lleve hacia metas de equilibrio y felicidad. Reconociendo la situación problemática es como comienza la solución  y la regeneración de la misma.

El ser con el conocimiento – cultura  - de sí se sitúa en esa posición ideal de quien es consciente de su propia psique, de su alma, de su esencia. Y como sabemos, de esta guisa no es juguete de circunstancias, modas o condicionamientos del momento. Es como un junco, crecido en los marjales o en las riberas de algún riachuelo, que se tuerce, flexible, con las corrientes del agua o del viento, pero que nunca se quiebra.

Si desea contraer matrimonio lo hace con la aceptación de sus sentimientos, en primer término, hacia la persona que se los ha hecho brotar. En segundo lugar, y antes de hacer acto de entrega total, su razón le indica de la conveniencia o no de hacerlo. No por motivos puramente materialistas o interesados, sino por razones de peso, en las que entran las de idoneidad de caracteres, de formación cultural y religiosa, de aceptación de limitaciones del posible cónyuge y otras de esta índole. Estas razones aducidas son convenientes aunque no imprescindibles. Simplemente, garantizan una estabilidad futura de la pareja. Pero si el sentimiento es muy fuerte se pueden obviar; supliendo las carencias con la mejor voluntad y disposición de quien es consciente de su capacidad interior.

Es indudable que para cualquier actividad en nuestras vidas, si las acompañamos con una formación previa, hay muchas probabilidades de que lo que realicemos salga de acuerdo a los propósitos que nos fijamos en un principio; por ello, un seminario, donde se tratara de esta nueva relación, y se enseñara medidas profilácticas para que ésta sea exitosa, añadiría ratios más elevados de confianza en el éxito de la misma.

En algunas iglesias, a los fieles que desean contraer matrimonio se les da un cursillo previo – “cursillo prematrimonial “-, donde se les inculca el significado elevado que para su religión posee este vínculo. También se les anima a sobrellevar los malos momentos y a superarlos con paciencia y cariño.

Esto es una buena aproximación a esa formación previa, de tipo psicológico, de la que comentamos. Esta, nos acerca un poco a la esencia del ser, al incitar a buscar el auto - conocimiento y el del cónyuge, y por la razón y la motivación de afecto que les une, tratar de comprender y solucionar los problemas de convivencia y relación.

En la actualidad, y temiendo un fracaso futuro – lo cual demuestra inseguridad en sí mismo y en el otro u otra – se acomete como fase previa - o período de prueba - al matrimonio, o como estadio definitivo, el amancebamiento. Se pretende que ambos posibles cónyuges se conozcan bien con el fin de saber si pueden convivir en el futuro y para siempre. Conviven y participan de los placeres sexuales. Cada cual conoce nuevos aspectos del comportamiento del otro en las nuevas situaciones que se plantean en la convivencia en común. Y con ello pretenden “conocerse” mejor.

En principio parece acertado; pero parten con una cortapisa: “Si no nos entendemos lo dejamos”. Así, se observa el uno al otro, tratando de entrever un comportamiento inadecuado o un aspecto del carácter que permanecía oculto para desenmascararlo y juzgar si se puede tolerar. Desconocen el período de latencia; es decir, el tiempo en el que cada cual tardará en manifestarse tal cual es y descubrirá su lado oscuro. Así que es un período sine die. Si son muy escrupulosos, el período no será demasiado largo, pues pronto saldrá la queja por algún fallo en el otro  u otra. Si son de voluntad blanda, pueden continuar indefinidamente y menospreciar cualquier acuerdo formal que se concrete en un contrato civil o religioso. Todo es posible. También les puede salir bien la prueba y seguir con el enlace formal al estilo clásico.

Lo realmente hermoso y que hace vibrar lo más sensible del sentimiento humano, de su ser esencial, es la entrega amorosa, generosa y abnegada del uno hacia el otro. No como una entrega ciega que no ve las imperfecciones del otro ser ni las propias, que pueden generar roces o discusiones, sino con la entrega a sabiendas de que la perfección es inexistente y que es inexorable el que en algún momento haya alguna discusión o disputa. Es algo perfectamente humano.

Por ello será siempre ensalzada y apreciada una unión al viejo estilo, donde la entrega del uno hacia el otro se hace con auténtico sentimiento. Pero claro está, la cultura colectiva influye sobre el que no está avisado; y a pesar de las hermosas frases pronunciadas en al acto del enlace, bien civil o religioso, la realidad del ambiente cultural que se respira por doquier impulsa o condiciona de manera influyente a los contrayentes a comportarse según, de una forma sutil pero palpable, unas normas tácitas, no escritas, pero sí aceptadas por una mayoría. Es como si estuviese escrito un guión por un ente monstruoso al que todos alimentamos para que exista y se perpetúe y al que todos obedecemos. Obedeciendo inconscientemente estas normas, nos comportamos según los patrones al uso, de tal forma que al escasear la abnegación, el amor auténtico y la cultura de sí, la frágil chalupa que es este matrimonio, en cualquier momento puede hacer agua por todas partes.

Pero ¿no  manifestaron ante todos su amor mutuo? Sí. Pero, como un comportamiento al uso; se pueden decir muchas cosas sin sentirlas auténticamente. Como además, la abnegación, la entrega y la paciencia, no son virtudes estimadas por nuestra sociedad, ante la más mínima dificultad la unión hace aguas como la chalupa mencionada.

 Es indudable que con la cultura de sí, las garantías de éxito en una relación matrimonial serán mucho mayores que si vamos desconectados de nuestra esencia, y, como reflejo,  con la esencia de nuestro cónyuge. Ya se comentó que para conocernos a nosotros mismos observemos a los demás; y, para conocer a los demás observémonos a nosotros mismos. Esto, en principio, sería una aproximación al ser esencial, siempre buena y saludable; aunque esto no lo es todo, pues ha de haber un mayor trabajo de estudio, reflexión y observación, que como dijimos, si comenzara en la infancia sería mucho más sencillo. Empezando en cualquier etapa de la vida de adulto, el trabajo es mayor; pero no agotador. Las motivaciones principales son la inmensa felicidad que da el conocerse como a un amigo al que hemos tratado un poco superficialmente y al que deseamos conocer con profundidad. Esto proporciona grandes satisfacciones; especialmente por cuanto significa en el desarrollo posterior de nuestra vida privada y de relación con los demás.

 

LA SOLEDAD

Tres son las opciones del ser para llevar su vida: En matrimonio, en amancebamiento y en soledad. Las tres, desde el punto de vista humano, son válidas y respetables.

Cuando alguien –varón - escoge la opción de la soledad, para sus prójimos entra en juicio su clasificación en dos opciones: O es misántropo o es misógino. Si es esta última la escogida, cabe pensar en su homosexualidad.

Y es que es muy dado en nuestra sociedad etiquetar a todo el mundo. Se juzga a cualquier persona y se le pone esa etiqueta de que hablamos por la cual queda sentenciada hasta nueva orden. De tal guisa, que nuestro trato – o indiferencia – hacia ella vendrá determinado por el juicio de valor que le hayamos hecho.

Si respetable es cualquiera de las opciones indicadas, la soledad debe serlo, pero siempre que no vaya motivada por aquellos apelativos que expresan una antipatía hacia la sociedad en general o hacia las mujeres en particular.

Puede haber habido grandes frustraciones y desengaños en su vida, que le hayan inducido a actuar así; pero ésta no debiera ser la reacción más saludable. Quizás es la más imperiosa; la primera que se le presenta al espíritu. Pero, como en muchos casos, la primera impresión suele ser la equivocada. Porque procede de un impulso irracional; tiene su origen en los instintos: de huída o de lucha; pero no profundiza en la esencia del ser y en el significado de las cosas, de los acontecimientos, de la vida. Y conlleva sentimientos de frustración y de rencor, que son una pesada carga para quien los soporta. Para profundizar y encontrar los auténticos significados hace falta usar de la razón, con conocimiento de causa, con cultura del ser.

Desprovista de insanas convicciones, la opción de la soledad viene determinada por diversas inclinaciones; aunque también por una cierta indiferencia hacia la vida en común. Puede haber razones místicas que le llevan a escogerla: la vida de contemplación, de oración, de meditación. Son razones elevadas del espíritu y totalmente respetables; y  quizás con un trasfondo de sabiduría superior. No todos estamos preparados para esas metas tan refinadas del espíritu; por ello son admirables. Y podría asegurarse que ese estilo de vida va acompañado de buenos sentimientos; no solo avalado en la vida real por casos de eremitas y santos que vivieron en la soledad, siendo solidarios con los necesitados que acudían a ellos, sino también porque el misticismo parte de una nobleza en el ser y de una aproximación a la divinidad que de por sí es garante de la posesión de un ánimo dispuesto a la generosidad para agradar al ser superior adorado.

Otra opción es la soledad por cierta indiferencia hacia lo social, pero carente de animadversión. La escogen, sintiéndose bien de esta forma. No hay malos sentimientos; están mejor solos; se sienten más libres e independientes; gastan poco; les va bien así. Pueden ser solidarios en ocasiones, o siempre,  y no están soportando el lastre de la ira o el rencor. Y sobre todo, no merecen ser mal adjetivados. Es su vida, es su opción. 

Estas opciones, libres de cargas negativas emocionales, nos hacen intuir de la posesión de estos seres de una cultura de sí mayor que la media. O no. Pero sí es probable. Están cómodos con su situación. La necesitan, y son felices en ella, y poseen de esa paz interior que sugiere sabiduría. Necesitan bien poco del mundo: solo lo justo; acompañados de sus pensamientos y sentimientos; felices en sí.

 

CAPÍTULO IX.El sentido de la vida.

9 - EL SENTIDO DE LA VIDA

 

¿Por qué filosofar cuando hablamos de la cultura de sí o del autoconocimiento del individuo, del ser? ¿Qué tiene esto que ver con  buscarle un sentido a la vida o no? ¡Se supone que todos le dan a la vida un sentido propio y personal!

¡Sí! Pero ¿qué es la vida desde la cultura de sí? ¿Igual que para todo el mundo? ¿Tal vez una apreciación superficial siguiendo la moda al uso, y con las palabras de moda y uso?

El acercarse a la propia esencia, el conectarse, observarse, conocerse con profundidad, no es un esfuerzo baldío. Por el contrario, nos transforma, nos da mayor sentido y conocimiento, nos reivindica ante nosotros mismos. Porque antes no éramos completamente nosotros mismos: éramos alguien, con cierta personalidad propia y cierta personalidad prestada. Y esta última prevalece, y se manifiesta, en muchos aconteceres de la vida social de la persona. A los vectores, directrices de la propia personalidad, se suman – o se restan – los vectores del inconsciente colectivo que nos inducen a obrar de determinada forma o manera.

Desde la cultura de sí la vida se contempla de otra manera. No es sólo aquel sueño del que habla Ouspensky, del cual despertábamos alguna vez. Comienza con la consciencia de nuestro ser y el apercibimiento del ser del prójimo como reflejo. Si antes, ver el sentido de la vida era algo innecesario y hasta estúpido, con el autoconocimiento la vida se aprecia – se intenta apreciar - todo lo que se puede y se sabe. No es tarea fácil. Es tan grandioso el misterio de la vida que puede ser tarea difícil  comprenderla, compendiarla, apreciarla en su vastedad. Al igual que al ser humano: trataremos de conocerlo, mas nunca lo lograremos completamente. Mas, ese empeño en conseguir aproximarnos a él nos convierte en otros seres; más completos, más comprensivos, potencialmente mejores.

Como decía Jostein Gaarder, el autor de “El mundo de Sofía”, mucha gente se queda en la base, sin querer subir a las alturas a ver la verdad. O con otro ejemplo marino: muchos nadan por la superficie del agua sin querer ver lo que hay debajo del mar, sin desear sumergirse y conocer más.

Desde mi consciencia interior veo la vida. Como diría un ente religioso: un peregrinar por el mundo con un final cierto. Y aquí entra en juego la subjetividad: el tiempo es dilatado para el muy joven, y corto para el mayor. Para éste,” la vida pasó volando a gran velocidad desde que dejé mi juventud”.

Un camino recorrido por cada ser, con unas incidencias poco, o muy variadas, según el atrevimiento y la imaginación puestas en juego. También en función de los recursos y apoyos encontrados.

Al final del cual unos tendrán buen sabor de boca, otros malo, y otros no encontrarán a lo hecho ningún sabor.

La vida vista con superficialidad es, preparación, lucha y abandono. Pero es mucho más; aunque limitado en el tiempo. Sí. El tiempo de un adulto: el que vuela.

La vida tiene un sentido mayor. Mayúsculo. Superior.

No tiene sentido la vida que se percibe sólo con el usual objetivo humano: nacer a la vida, aprender, sufrir y gozar, envejecer, morir.

¿Para qué? Tanto esfuerzo, tanto sufrimiento... ¿Para qué? Y también... ¿para qué la cultura de sí? El final es el mismo, hágase lo que se haga.

En el sentido está el secreto.

No nacemos sólo para desarrollar y cumplir unos objetivos escritos en nuestra mente, un programa que hay que ejecutar, un ciclo de renovación vital, un objetivo de preservación de la especie. Nacemos para algo más. Algo que pertenece al mundo de la esencia, de lo íntimo, de lo extremadamente valioso y trascendente. Es como una experiencia espiritual y exquisita, elevada, infinita. No podemos verla con los ojos del pragmático, de la utilidad en sí. Hay algo más, mucho más; pero para palparlo, sentirlo, entenderlo, hay que utilizar nuestras facultades superiores: el pensamiento, el sentimiento, la intuición.

El pensamiento pragmático nos convierte, no en seres pensantes e intuitivos en sí, sino en seres volcados hacia el objetivo en sí. Seres que piensan y se conducen en pos de una vida práctica: de sobrevivir, de establecer una descendencia y perpetuarse o no, dadas las circunstancias actuales; de gozar del placer de los sentidos; de golpear cuando nos golpean; de resistir cuando nos atacan; de atacar de forma preventiva; de ser ambiciosos en la posesión de bienes materiales; de acumular riqueza si se puede; de gozar sin medir nuestros actos ni sus consecuencias; de exprimir la vida; de huir hacia adelante.

La vida con esta, digamos filosofía, se nos presenta como una experiencia angustiosa, de la cual huimos buscando placeres de cualquier especie, para ahogarla. Una inquietud de la que no podemos escapar, que la sentimos alguna vez; pero que no podemos permitir que nos invada, que nos anegue; la cual justifica nuestro comportamiento.

Observando al común de las gentes, suelen, en su mayoría, actuar orientados al objetivo; siguiendo la filosofía capitalista del actuar de manera productiva. Esto último es menos acusado en los países del arco mediterráneo o centro y suramericanos; aunque influenciados por la cultura occidental;  al fin y al cabo, orientados al objetivo o al objeto.

Se labora, se actúa hacia el exterior. Y es normal: lo hace la mayoría de la gente. Por ello se discurre por la vida con mutuas influencias de unos sobre otros; y con todos ellos, la cultura común, el inconsciente colectivo, la colectivización de las conciencias. Aparentemente vivimos lejos de las conocidas colectivizaciones de los países marxistas totalitarios del pasado; pero en cambio, en nuestra sociedad capitalista existe una colectivización del pensamiento; conseguida por interacción entre los poderosos medios de comunicación y las conciencias, relajadas cuando se recibe el mensaje. No es propiamente una ideología; el capitalismo carece de ideología en sí. Todo gira en torno al beneficio y la rentabilidad. Por eso no nos parece chocante que Daniel Goleman, el creador del vocablo “inteligencia emocional”, explicara en su obra de lo conveniente de adquirir este nuevo concepto – que de forma inconsciente era conocido por muchos – para “mejorar nuestra productividad en el trabajo y los negocios”. Se antepone el concepto de beneficio al de la adquisición de un conocimiento, que casi raya en virtud, cual es el conocer y comprender los sentimientos y emociones propios y ajenos. No para conseguir un beneficio productivo y material sino para entendernos mejor las gentes, empezando por comprendernos mejor a nosotros mismos.

En la sociedad capitalista el fin es el bienestar material. Pero un bienestar que nunca nos deja satisfechos. Cuando se posee algo se desea poseer más. Una ambición sin límites, cuya explicación puede estar en el gran vacío interior de las personas en cuanto a ideales. La felicidad en esta sociedad del consumismo es el logro del objeto material o del placer deseado. Lo cual no es malo en sí; pero sí lo es cuando se convierte en el único objetivo de nuestra vida; cuando buscando el logro de este objeto o placer se menosprecia lo interior, y, como consecuencia, menguan los ideales, el autoconocimiento, la sensibilidad artística, la empatía, el altruismo, lo elevado, lo trascendente. Mengua la cultura, que se convierte en un medio; mengua la cultura de sí.

Se habla mucho de la felicidad; pero no se consigue. Aparecen gurús y santones, que ofrecen  falsa elevación espiritual y rápida felicidad; y luego el desencanto al comprobar la estafa. En el fondo, la gente está hambrienta de felicidad auténtica – que el capitalismo no ofrece – y por ello, son atraídos por estas gentes sin escrúpulos. Lo tradicional y auténtico no interesa, parece obsoleto. El capitalismo, con su enclenque filosofía de usar y tirar, nos educa para el cambio permanente. Un cambio sin fin que sólo vincula a lo superficial: cambio de objetos por otros más sofisticados; cambio de costumbres; cuestionar lo anterior, recibir con agrado lo nuevo sin deliberarlo demasiado, ya que se impone por la sugestión de la propaganda. Indolencia precisa para recibir mensajes sin analizarlos.

Es como una rueda que gira sin fin; como un viaje a ninguna parte. Un sin sentido, un hacer para consumir. Atrás queda la contemplación, la meditación, el goce espiritual, el intercambio de palabras, de sentimientos, de ideas, el goce del juego o deporte en sí, sin competición, el amor a la naturaleza, la lectura, le escritura, las artes, la atracción hacia lo elevado, la superación personal.

Pero pese a todo, todo lo mencionado existe. Pero escaso, pequeño, escondido. Como aquella espléndida flor, que no crece y se multiplica porque no recibe suficiente sol y agua. Está ahí. Como reserva. Esperando que algún día se le permita desarrollarse y multiplicarse. De ahí la capacidad de regeneración del ser humano y de la sociedad: siempre puede recuperarse lo perdido, porque siempre queda algo de lo valioso y auténtico escondido en el fondo de alguna estancia.

Por eso vemos algunas manifestaciones de lo escaso. Y creemos que está, que es, que existe, que no hay que preocuparse. Sí. Existe. Pero en precario. Como una débil voz que no se escucha.

Mirando con ojos modernistas, la espiritualidad se asemeja a algo ascético, místico, no propio de nuestros días, donde priva la lucha, la agitación, las ambiciones desmedidas, la frustración y la desesperanza. Sin embargo, un ser con cultura de sí, que le proporciona autoconocimiento y comprensión, está en contacto con su espíritu, con su esencia. Y no se puede negar esta evidencia: Cuando un ser se escucha en silencio, se apercibe de algo que no es tan palpable de ordinario. Se percibe de la posesión de sus miembros corpóreos, de ese algo material, que le permite actuar en el mundo, participar en la sociedad, comunicarse. Y lo que no entiende es el proceso por el cual su mente actúa, que al fin y al cabo es algo material, como cualquier parte de su cuerpo. Formado por células, con contenido líquido, de química con composición esencial de átomos de sustancias básicas como el carbono, o el más elemental, el hidrógeno, pero combinadas de forma muy sutil. Materia al fin y al cabo. Cómo se formó, esa es otra gran cuestión. Y nos preguntamos y nos preguntaremos siempre: ¿Cómo esta materia que es mi cerebro, funciona generando ideas y pensamientos, memorizando hechos y cifras, y muchas operaciones más? Si de un ordenador programado se trata, tal vez nuestro comportamiento obedezca a un programa preestablecido que nos obligue a conducirnos de determinada manera. Entonces, nuestra libertad no existe; estamos condicionados de antemano a obrar de determinada forma.

Y esto, en parte es así: Por los genes, por la educación recibida, por el ambiente en que hemos vivido. Pero en sicología se sabe de la posibilidad de modificación del ser humano. Se podrá tener rasgos de personalidad condicionados por la soma, pero en la psique hay mucho para modelar y perfeccionar.

Lo cierto es que nuestro cerebro genera ideas; y éstas pueden ser genuinas y auténticas; no-producto de una presión del ambiente ni de un programa preestablecido. Esto pertenece a la sicología profunda, pero no se puede negar de la espontaneidad de una intuición o de la generación de una idea original. Así pues, no somos ese robot perfecto, producto espontáneo o de la evolución – sin explicación científica de su creación – de la Naturaleza. Somos seres pensantes, actuantes, creativos. Y esto, ¿lo genera la materia? ¿Es la materia la que nos hace ver mentalmente una imagen, un pensamiento, una idea? La materia es materia al fin y al cabo. Y nuestro cuerpo está hecho todo de materia, que al final de nuestra vida se pudre y se convierte en polvo, o en ceniza. ¿Puede la materia generar ideas, pensamientos y sentimientos? ¿Puede la materia sentir? Nuestro cuerpo –reiterándonos – es materia, y en ella, como es materia orgánica, se generan multitud de reacciones químicas, que originan el ciclo de la vida. Pero son simples – o complejas – reacciones químicas. Ellas no explican por qué yo siento dolor, pena o alegría. O por qué en mi mente veo una imagen, una idea, un pensamiento. Eso, quiérase o no, pertenece a lo espiritual, a lo intangible, a lo etéreo.

Muchos son los filósofos que han estudiado este importante tema. Mas, sin poseer una cultura filosófica destacada, solo con la cultura de sí, llegamos a la conclusión de que tenemos una esencia que es el ánima, el soplo, el espíritu; que gobierna y está por encima de la materia. ¿El espíritu gobierna a la materia? ¿Cómo puede ser eso? Ese es el gran misterio de la vida; igual que la vida misma.

Cuando un ser conecta con su esencia, ayudado por esa cultura de sí, es imposible que la vida se le aparezca como antes la veía. Es de otro color y aspecto; es diferente. Frente a la superficialidad en la apreciación de su concepto al principio, deviene ahora una concepción más densa, más amplia; y no deja uno de asombrarse por muchos de sus matices. No puede uno por menos que mostrar un profundo respeto por ella. Entonces se aprecia más también lo que uno es y lo que los demás son. Y se ven los contrastes del saber al no saber. Y se comprende y se respeta el esfuerzo hecho por quienes la naturaleza ha dotado de inquietudes y sensibilidad suficientes para poder indagar sobre sí mismos e indagar sobre la vida, que ha dado como consecuencia una cultura del ser y de su sentido en este mundo.

Un mensaje, una sentencia, un pensamiento, pueden contener sabiduría profunda; de esa que llega a la esencia de las cosas, que nos hace comprender y sentir que nos acercamos a la Verdad absoluta. Son aproximaciones de esta Verdad. Lo absoluto en lo humano no existe. Pero, emergiendo de la superficialidad, nuestro intelecto nos hace preguntas. Ya nos las hacía en la infancia; pero eran las más perentorias. Y los adultos nos las respondían; aunque nunca nos quedábamos satisfechos. Luego, la imposición del “programa” social nos alejaba de nuestras dudas y necesidades de saber, para pasar a aprender lo necesario para participar en la vida social. Ese filosofar incipiente quedaba relegado a un término más bajo, o se ahogaba. Algunos conseguían hacer sobrevivir esa natural inquietud: eran los mejor dotados, los que poseían una sensibilidad superior a la media. Pero todos participan de dicha sensibilidad de alguna manera. Solo hay que alimentarla y mimarla. Es la base del conocimiento, de la búsqueda.

Así, con la inquietud en saludable continuidad, la búsqueda del sentido de la vida es algo con mucho sentido. Se puede prescindir de esta búsqueda. También se puede prescindir de otras; hasta de un miembro del cuerpo, y  seguir viviendo. Sin embargo, mutilando al ser en sus manifestaciones no le permitimos crecer espiritualmente. Cuanta menor manifestación espiritual se da en el ser, más se aproxima su vivencia a la de un vegetar. La búsqueda del sentido de la vida no es solo la búsqueda de una justificación del existir, es buscar una justificación superior a la mera continuidad de la especie humana. Y tiene un sentido especial para cada uno, por cuanto cada uno tiene una misión personal por encima de la primigenia de perpetuarse; que no es imprescindible, pero que, sin embargo, venimos preparados para ella.

Es fácil decir que la vida es así, que no hay que preguntarse más; cuando hay ante nosotros preguntas que abarcan la inmensidad del universo; de la profundidad del misterio del Cosmos y del origen de la existencia. Los científicos, usando de la razón pura y de sus experiencias y mediciones, aventuran hipótesis acerca del origen del Universo y de la aparición de la vida en nuestro planeta. Es algo inmenso e inabarcable. Algo con un halo de misterio, que las teorías científicas tratan de englobar en un modelo cosmogónico. Algo en fin, que el hombre jamás podrá controlar, sino que deberá seguir sus implacables leyes. Es un algo relacionado con la transformación de la materia en energía y viceversa en el universo. Mas, cuando hablamos del origen de la vida inteligente el misterio es aún más profundo; porque la materia en continua interacción con la energía es un suceso de duración humanamente ilimitada; como un fenómeno físico de inmensas dimensiones que tuvo un origen y probablemente tenga un final. Pero para el ser humano, cuya vida es efímera, el universo es infinito en duración; y también en extensión. La vida inteligente es corta en duración, pero excelsa en concepción. Es, en comparación, de mayor importancia que el origen del universo; aunque ambos misterios estén concatenados.

Cabe preguntarse por qué no participan todos los humanos de similares inquietudes respecto a lo valioso e importante de sus vidas, desperdiciando, unas veces por obligación, otras por irreflexión, de ese corto período que es el transcurso de una existencia. Sí, se aceptan su realidad, sus alegrías y sus tragedias, sus penas y sus miserias. Se vive sin preguntarse por nada, sin penetrar en la esencia. Tal vez sea porque nos falta ese gran encuentro: con nosotros mismos primero; después con lo que nos rodea, con nuestros semejantes, desde esta nueva perspectiva; con la Naturaleza que nos alberga; con el Universo que nos circunda.

Para acceder al primer paso – el encuentro con nosotros mismos – debemos de poseer la llave que nos permita entrar a esa íntima estancia. Esa llave no es otra que la cultura, la cultura de sí.

La sociedad no se ha transformado a la par que la tecnología o la ciencia. El pensamiento, orientado hacia el exterior, ha conseguido metas importantes; pero el pensamiento y el comportamiento de las gentes no han avanzado en la misma proporción. No en vano aún hablamos de la “jungla de las ciudades”, de la “lucha por la vida”. No somos lo civilizados que podríamos ser.

Un conocimiento y comprensión de la esencia de lo humano llevaría a una mutación social de gran trascendencia. Esa transformación social nos llevaría a una sociedad altamente civilizada donde se eliminaría la violencia y la injusticia, donde el crecimiento de los valores esenciales sería  prioritario; donde se daría mayor relevancia al desarrollo integral del ser humano, con inclusión de los valores artísticos y creativos. No sólo el cultivo de la inteligencia práctica, al servicio de ideas positivistas.

Y, por consecuencia, se apreciaría el valor de la trascendencia del ser y de la vida. Se entraría en el terreno de lo elevado de una forma más profunda.

El sentido que la vida tiene para el ser es algo personal e intransferible; que entra dentro de lo racional y afectivo, de lo intuitivo y sentido; es algo inefable en el que interviene todo el potencial del ser humano; como una comprensión de síntesis. Se agranda a medida que se busca; nos ilumina mientras avanzamos en ella. Cuando se va construyendo ese delicado tejido, se encuentran respuestas a muchos porqués de la existencia; se valora ésta y se la ama y se la respeta más. Todo encaja. 

 

CAPÍTULO X. La paz interior

10 - LA PAZ INTERIOR.

 

Es seguro que la inmensa mayoría de las gentes poseen, de una forma consciente o inconsciente, el deseo, el anhelo, de alcanzar una paz interior en su espíritu. Lo que ocurre en muchos casos es, que se condiciona la consecución de esa noble aspiración del ser humano en alcanzarla a conseguir el logro de un bien material o de un mejor estatus económico o social. Con estas premisas se entra en un círculo vicioso, donde lo material, principalmente, condiciona nuestra felicidad. Y es que, dada la, digamos filosofía, de la sociedad capitalista en que vivimos, la felicidad reside en la posesión de bienes materiales, como ya comentamos. Por otra parte, conseguido ese bien o ese estatus deseado, perseguimos un beneficio nuevo, pues el determinismo del capitalismo nos ha coartado para estar en continua insatisfacción. Es la ambición permanente, la búsqueda insaciable del beneficio y la rentabilidad.

La paz interior, la paz del espíritu, es algo portentoso, maravilloso, deseable. Es la base de la buena reflexión, la base de la creatividad, de las buenas ideas, de la intuición. Es la óptima situación para apreciar la belleza que se pueda encontrar a nuestro alrededor, en las cosas sencillas y corrientes, en las personas, en sus palabras, en nuestro entorno en fin. Es el mejor estatus del ser. Alguien que opera sin sobresaltos, con la libertad de un pensamiento no condicionado por miedos, angustias, prisas o amenazas. Sólo haciendo uso de su libertad interior; por una sana ambición, no desmedida, de hacer bien, por sí mismo, para sí mismo y para los demás.

En esa paz entramos en contacto con nuestro ser esencial, con el auténtico yo. Nos percatamos de su existencia. El yo observando al otro yo. Es como un desdoblamiento; pero no es tal. Es la facultad del ser humano de observarse a sí mismo. Y lo puede hacer con  objetividad, sin apasionamientos, con esa predisposición de ánimo que da la paz interior.

Es la primera meta a conseguir por todo ser que se precie. Es impedir que el ambiente, contaminado de  alguna manera de condicionamientos insanos, nos incite a obrar según sus imperiosos deseos o que nos origine desasosiegos y angustias. Es conseguir la libertad del espíritu para obrar según su propio criterio, desde una perspectiva no reñida con el altruismo. Individual y social al mismo tiempo; puesto que el ser que logra ese estado de gracia mostrará su mayor generosidad, al  no estar sometido a las ambiciones excesivas de la ganancia sin límites.

También, las desgracias, partiendo de esa quietud del alma, se sobrellevan mucho mejor, y se extrae la enseñanza, que en todo evento inesperado y no deseado se puede obtener.